Anna-Eva Bergman.

“Sin título”, 1970.

Acrílico y hoja de metal sobre papel entelado encolado sobre tela.

Colección Per Amor a lÁrt, Valencia, España.

 Anna-Eva Bergman (Estocolmo, Suecia, 1909 – Grasse, Francia, 1987).
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La ártica sueca Anna-Eva Bergman estudió arte en Oslo, posteriormente en Viena y más tarde en París. En la ciudad del Sena engendraría buena parte de su obra, tanto pictórica como de ilustración de libros propios y ajenos. Inicialmente experimentó con la Nueva Objetividad (movimiento artístico surgido en Alemania en 1910 y que rechaza el expresionismo) , pero a partir de los años 50, experimentó un giro radical hacia la abstracción pictórica. Líneas rectas, curvas  imprimen vibrante ritmo. En palabras de la artista: “la línea es el esqueleto indispensable de la pintura, pero ¿por qué se ha de utilizar la línea para dibujar los contornos? ¿No es acaso el ritmo mucho más importante? No existen los contornos, solamente hay transiciones de una cosa a la otra, de la luz a la oscuridad, de un color a otro. Los contornos son limitaciones y existe un mundo sin limitaciones donde la pintura es un mundo en sí misma sin otro límite que el exterior de un marco”.

Una surtida paleta cromática nos inspira paisajes escandinavos casi mágicos. Como soporte no solo empleó el lienzo, sino también otras materias, como hojas de metal, pan de oro, plata o cobre. La pintura inició una relación inspiradora con España en 1933, a raíz de instalarse junto a su pareja, Hans Hartung, en la isla de Menorca durante un año. Pero probablemente el viaje que dejó mayor impronta en la obra de la artista, fue el realizado por Andalucía en el año 1962 y comenzó a incorporar los horizontes en sus composiciones. “Hay un motivo que se me presenta frecuentemente en mi pintura y que me cuesta reprimir: el horizonte. El horizonte representa para mí la eternidad, el infinito, aquello que está más allá de lo desconocido, aquello que da paso a lo desconocido. Cuando contemplo mis horizontes, estos despiertan en mí un deseo nostálgico. Sin embargo, ¿un deseo de qué? No consigo discernirlo. Vive en mí pero no sé describirlo”. Las piedras, recuerdo de los fiordos noruegos, también se incorporan con regularidad en el trabajo de la artista, como también las sinuosas líneas que evocan el mar del norte en buena parte de sus obras. En la surtida paleta, no faltan distintos tonos de azules, como el azul cobalto, el azul noche, el azul pleamar, el azul klein, el azul marino, el azul cyan y turquesa. Enfrentarse a una obra de Bergman es sentirse atrapados por lo infinito, al alcance de la mano y a la vez inaccesible, notar la quietud y el silencio, evocar la introspección.

Con el paso del tiempo, la artista redujo las composiciones a la mínima expresión, buscando la esencia y desdeñando información innecesaria.

María Gonzaga
27 de noviembre de 2020