"Autorretrato en un Bugatti verde", 1929. Tamara Lempicka, glamour de locos años veinte.

Óleo sobre lienzo. 35 × 27 cm.
Colección privada, Suiza.

Tamara de Lempicka (Varsovia, Polonia, 1898 - Cuernavaca, México, 1980).

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

En el seno de una pudiente familia polaca, nace Maria Gurwik-Górska. Su padre era un significado abogado de origen judío y su madre se consideraba una “socialité”, por lo que desde pequeña, María vivió en una esfera de lujo y ambición. Siendo ella niña sus padres se divorciaron. De la formación de la carismática niña, se ocuparon fundamentalmente su madre, su tía y su abuela, compaginado con elitistas colegios e internados en Suiza. Durante un viaje de invierno a Italia con su abuela, la adolescente María se fascinó con el mundo del Arte. Comenzó a recibir clases de dibujo y pintura. El siguiente año lo  viviría en San Petesburgo con su tía. En dicha ciudad conocería y contraería matrimonio con el joven abogado polaco Tadeusz Łempick. La vida en rosa que vivieron se cercenó con la toma del poder de los bolcheviques en 1917, siendo el marido encarcelado. Con intermediación del cónsul, María consiguió que dejaran libre a su esposo y ambos se exiliaron a Copenhaghe. Posteriormente se mudaría a Londres y a continuación a Paris, donde también encontraron refugio otros miembros de su familia. En Paris María se cambió de nombre, Tamara, y fue madre de su única hija, Kizette. Comenzó a recibir clases de dibujo de los ya reconocidos pintores Maurice Denis y André Lhote. Su cubismo suave, cobró cierta fama, y apenas dos años más tarde, consigue ser invitada a exponer en Milán, Italia. Para ello debía realizar una importante cantidad de obras en apenas un semestre, lo que le implicó un enorme esfuerzo.

En París ejecutó numerosos retratos de diversos aristócratas, como por ejemplo el rey Alfonso XIII de España, que no fue finalizado.

En 1929 se divorcia y es también el año en el que realiza “Autorretrato en un Bugatti verde”, la obra que aparece en este artículo. La revista de moda alemana Die Dame solicitó a Lempicka una imagen para su portada con motivo de la celebración del día de la liberación de la mujer. Se trata de un autoretrato, en el que la artista se muestra con belleza glacial idealizada, casi inaccesible. Llega casco y guantes de piel, así como un foulard que ondea con el viento, y es que se retrata conduciendo un Bugatti color esmeralda, elitista coche de carreras descapotable. Representa el estilo Coco Chanel que tanto le atraía. Debemos decir que aunque es ese el modelo de vehículo que reza el título del trabajo, Bugatti, lo cierto esta casa incorporaba volante en la parte derecha del habitáculo, mientras que en la imagen lo vemos a la derecha. En realidad, se trataba del pequeño Renault con el que la artista se movía por París. Por otro lado, el foulard nos da una pista de lo que Lempicka quiere representar: la muerte por estrangulamiento de la bailarina estadounidense Isadora Duncan, cuando su largo chal se enredó en la rueda del Bugatti (esta vez sí) que conducía.

1929 sería el año en el que conocería a quien se convertiría en su segundo esposo, un rico barón húngaro a quien no ocultó su bisexualidad. Ambos viajarían a España, diversas ciudades de Estados Unidos y Europa. Vivirían en Nueva York, Chicago (donde conoce y trabaja con Willen de Kooning y Georgia O’Keeffe) para posteriormente trasladarse a Beberly Hills. En esta ciudad se reuniría con su hija, al escapar esta desde Paris de la segunda guerra mundial. En EE.UU. su obra no lograría gran repercusión. En realidad, fue más conocida como la mujer del barón, aludiendo a los lujosos vestidos y joyas que portaba, mencionando al final que también era pintora.

La obra de Lempicka se caracteriza por sus desnudos y retratos, siguiendo un perfecto Art Decó con inspiración en el retrato manierista e influencia cubista, sin llegar a la abstracción. La temática rebosa la elegancia y sensualidad de la Belle Époque europea y el ambiente Hollywoodense americano. Bellezas exultantes, contornos perfilados, ojos almendrados, dedos alargados, labios carnosos, miradas misteriosas, brazos sin transición, cabellos en ondas cilíndricas definen los personajes de sus obras. Incorpora en las composiciones elementos que denotan el lujo de lo novedoso: coches de alta gama, teléfonos, rascacielos o esquiadoras.

Representó abiertamente escenas lésbicas, como en el lienzo “Dos amigas”, en la que dos mujeres desnudas acercan con elegancia sus cuerpos. Varias de las modelos de sus obras, fueron amantes suyas, como la Duquesa de La Salle o Ira Perrot.

Defendió con firmeza las ideas progresistas de liberación feminista aunque sin pretender formar parte de ninguna asociación. En su obra “La esclava”, muestra el sometimiento de la mujer por parte del cónyuge, dejando ver un atisbo de esperanza en su liberación.

Su hija también fue protagonista, en menor medida, de la factura de la artista, como en “Kizette en rosa”, en la que la pequeña aparece leyendo un libro mientras esconde el pie descalzo con timidez. Tamara trató de mantener en secreto la existencia de su hija en los círculos snob a los que pertenecía, quizá, en una interpretación benevolente, como muestra de juventud, al igual que tampoco reconocía su verdadera edad. Esta frivolidad le hizo envejecer mal, convirtiéndose en una caricatura de sí misma.

Una de las críticas que se vierten contra Lempicka, es que optó por girar la espalda a las crecientes tensiones del mundo, prefiriendo el hedonismo perverso de las élites. Mayoritariamente fue así, aunque podemos encontrar alguna obra en contrario, como “Los refugiados” (1931). En ella, abandona la paleta de alegres y sofisticados colores para ofrecer una escala de grises y marrones, mostrando una madre abatida que abraza a su pequeño. Pese a la diferencia cromática habitual, no deja de reconocerse la impronta de Lempicka.

A la muerte del barón, Lempicka gira hacia el abstraccionismo. Poco tiempo más tarde, se trasladaría hasta Cuernavaca, México, donde residiría hasta su muerte. Esta se produjo con suavidad, mientras dormía. Según su propio deseo, sus cenizas fueron esparcidas por su hija sobre el  cráter del volcán Popocatélpetl.

La pintora nunca dejaría de trabajar pese a la indiferencia y olvido del público tras la Segunda Guerra Mundial. Una muestra en París en 1972, recuperó el nombre de Lempicka y el valor de sus obras se disparó. Resurgiría así cual ave fénix de la hoguera de sus vanidades.

María Gonzaga

1 de agosto  de 2019

Bibliografía consultada:

de Lempicka”. Guilles Néret. Ed. Taschen.

Tamara de Lempicka”. Laura Claridge. Ed. Circe.

¿Quién teme a Tamara Lempicka?”. Erika Bornay. Asparkia.