"El desesperado", 1843 - 1845. Gustave Courbet.

Óleo sobre lienzo. 45 x 55 cm.

Colección privada.

Gustave Courbet (Ornans, Francia, 1819 - La Tour-de-Peilz, Suiza 1877)

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 “El desesperado” es una de las más icónicas obras del pintor Gustave Courbet. Carismático y en ocasiones arrogante, realizó este intrigante autorretrato de enorme carga dramática, en la que mira al espectador con ojos desorbitados mientras se mesa el cabello en gesto desesperado. Desconocemos si el pánico que le embarga lo generan sus atormentados pensamientos o el contemplar al espectador. No nos extrañaría que el personaje gritara en tan patética escena, nunca anteriormente representada.

El artista aporta protagonismo al antebrazo mediante el empleo de la luz, mientras que buena parte del rostro permanece en sombra. A golpes de pincel, aportó rugosidad al lienzo, dotándolo de gran efecto matérico. Una obra que encarna la extraordinaria personalidad del artista, que desde sus obras más tempranas, dejó clara su intención de manifestar el arte con un personal sello.

El artista sentía enorme apego por esta obra, muestra de lo cual es que la portó con él cuando se vio obligado al exilio a Suiza tras ser liberado de la cárcel.

Gustave Courbet nació en el pueblo francés de Ornans y desde muy niño demostró el interés por el dibujo y la pintura. Sus hermanas Zoe, Zelie y Juliette fueron sus improvisadas primeras modelos. Contraviniendo el deseo familiar de convertirse en abogado, emprendió estudios de arte en París en el estudio de Steubem y Hesse. El Museo del Louvre fue para Gustave el lugar donde realizó numerosas copias de los grandes artistas, como también sería fuente de inspiración las obras de Frans Hals y Rembrandt que descubrió en sus viajes a Holanda y Bélgica. Sus obras de inicio muestran representaciones paisajísticas muchas de ellas ejecutadas en el bosque de Fontainebleau así como retratos según la corriente romántica.

Pero siendo un espíritu libre, no tardaría en revelarse contra la estrechez academicista y las vertientes imperantes del Romanticismo y el Neoclasicismo, convirtiéndose en precursor del género realista. De hecho, se le atribuye la invención de término Realismo. Pero habría de pagar un duro peaje por ello: el rechazo de sus obras por parte de los jurados de arte, lo que lejos de desalentarle, fue impulso para iniciar exposiciones individuales reivindicando su idea del arte. Próximo al campo de Marte en París, inauguró su exposición rotulada “Pabellón del Realismo”.

Entre sus colegas encontró quienes le siguieron, como fue el caso de Camille Corot pero también muchos detractores como Delacroix que decían lamentar que “desperdiciara” su habilidad artística en temas poco elevados. Convencido de la necesidad de representar “la verdadera verdad”, metiendo el dedo en la herida de lo real, el pintor escribió: “El arte de la pintura sólo debe ser la representación de las cosas tal como existen, tienen que ser tangibles para el pintor, quien debe poner sus facultades al servicio de las cosas y las ideas de su época. Un objeto abstracto, invisible o inexistente no pertenece al mundo de la pintura. Muéstrenme un ángel y yo lo pinto”.

Sus lienzos muestran escenas costumbristas muchas de ellas en gran formato, antaño reservado a temas históricos, religiosos, mitológicos o retratos de la nobleza. Socialista y republicano, quiso reseñar el valor del proletariado, su esfuerzo y sacrificio, huyendo del folclorismo.

Sus desnudos combaten la falsa perfección escultórica del Neoclasicismo y sus artificiales tonos nacarados. Refleja tonos de piel reales, sin ocultar imperfecciones o incluso el vello. Clarísimo ejemplo es la obra “El origen del mundo”, en la que el centro focal de la imagen no es sino el sexo femenino. Se cree que fue un encargo privado, para el que el pintor recurriría a su amante Constance Quéniaux como modelo. Se trataba de una joven aspirante a bailarina, hija de una costurera analfabeta cuyo padre jamás se hizo cargo de ella. Una lesión de rodilla la apartó de la carrera del baile, pero la relación con el pintor la hizo protagonista, probablemente sin conocer el alcance, del desnudo más atrevido de la Historia del Arte. La obra ha pasado a tener distintos propietarios a lo largo del tiempo, como el psicoanalista francés Jacques Lacan, que quiso ocultar la adquisición. Fue adquirida en último lugar por el Museo D`Orsay, donde continúa hoy en día, que lo emplazó en sala aparte y con vigilancia permanente para evitar reacciones virulentas por público más conservador.

Gran escándalo provocó igualmente su obra “El sueño” (1866, actualmente en el Museo de Bellas Artes, París), en la que muestra dos mujeres desnudas entrelazadas en el lecho. Un collar de perlas roto, una pinza del pelo caída sobre las sábanas, la delicada copa de la mesita de noche y los cabellos despeinados parecen indicarnos la pasión que han vivido previa al plácido sueño.

Tanto sus desnudos como los retratos de eclesiásticos ebrios o entregados a otros placeres mundanos, le conllevaron críticas de “indecencia” y “ultraje a la moral religiosa”. Pero lejos de intimidarle, Courbet admitía que “si dejo de escandalizar, dejo de existir”.

 Fue miembro de la Comuna de París, periodo durante el cual fue administrador de los museos de la ciudad. Al caer la revolución, fue acusado de la destrucción de la columna Vendôme, condenándole a seis meses de cárcel y una multa a pagar en un periodo de treinta años. Tras su liberación de la cárcel, huyó a Suiza, donde residió hasta el final de sus días. Falleció a la edad de 58 años, víctima de la cirrosis que le provocó el excesivo consumo de alcohol.

Críticos de arte de The New York Times dijeron sobre Courbet que “ningún artista antes de Picasso puso tanto de sí mismo sobre el lienzo”.

María Gonzaga

6 de junio de 2020

Bibliografía consultada:

“El realismo de Courbet”. Michael Fried.

“The Metropolitan Museum of Art Guide”. Ed. Metropolitan Museum of Art.