"El sol de la mañana", 1952. Eduard Hopper, silencio y soledad.

Óleo sobre Tela. 71.5 x 101.98 cm.

Museo de Arte Columbus, Ohio, Estados Unidos.

Eduard Hopper (Nueva York, Estados Unidos, 1882 – 1967).
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El sol de la mañana entra por la ventana, anunciando un nuevo comienzo. La mujer contempla con ensimismamiento el cielo azul y los edificios de ladrillo naranja tan característicos de la arquitectura americana. No hay ornamento alguno en la habitación, tan solo la cama sobre la que se encuentra Jo, Silencio, calma, soledad parecen envolverla. Podríamos tener la sensación de ser voyeurs de algo tan íntimo como el despertar de una persona.

La mujer se llamaba Josephine, Jo, y contaba la edad de 69 años. Jo sería la musa de Eduard Hopper en numerosas obras de composición similar a la de la obra que analizamos. En “Mañana en la ciudad” u “Once de la mañana”, encontramos igualmente a Jo, esposa del pintor, recluida en un dormitorio. En estos casos el sentimiento de invasión de la intimidad es superior, al encontrarse desnuda. Su mirada se extravía hacia un exterior luminoso, dejando entrever el cielo y edificios circundantes.

Numerosas mujeres han sido incluidas por Hopper en sus imágenes. Mayoritariamente, la representada era Jo, que también era pintora. Mujeres de pie o sentadas, desnudas o cubiertas, a unos pasos de la ventana o inclinadas hacia ella, jóvenes o de avanzada edad, inactivas o absortas en actividades como la lectura. En todo caso, ajenas de cuanto acontece a su alrededor. Trasluce un sutil erotismo y soledad, sin deducir por ello necesidad de protección.

La luz es un recurso fundamental en la obra de Hopper. Según confesaría el pintor, la luminosidad y las formas tienen más importancia para él que el color. A la luz le concede un carácter sentimental, entrando a borbotones en estancias interiores, como en “El sol en una habitación vacía”. Como su nombre indica, no podemos ver más que el juego de la luz sobre las paredes esquinadas de la habitación. En “Mediodía” contemplamos una surrealista imagen, y es que recortado sobre el paisaje, se centra una casa de blanquísimas paredes por el efecto del potente sol de la media mañana. En el umbral de la puerta, se asoma una mujer semi vestida. Parecería una metáfora entre la oscuridad del interior, frente a la luminosidad de exterior. ¿Quizá nos quiere indicar que se encuentra prisionera de sus circunstancias?

En contraposición, al artista también le seducía el ambiente de los noctámbulos. Su obra nocturna más conocida, “Los noctámbulos”, enmarca cuatro personajes que no se miran ni se hablan, envueltos en una sensación de misterio. De nuevo, el silencio y la introspección parecen ser elementos más en la obra.

Varias obras representan las típicas gasolineras de los años 50 de EEUU. Surtidores escrupulosamente bien dispuestos, el empleado porta traje y corbata, pero … faltan los vehículos. El pintor quiere retratar los efectos de la crisis económica que golpeaba el país.

Afianzado por el reconocimiento del público americano, los Hopper deciden viajar a México, donde encontrar diferentes luces y temáticas para las obras. Fruto de la estancia, Hopper produce varias obras, encharcadas de la intensa luz del trópico que difumina sombras y relieves.

En 1960 dirigiría una carta colectiva al Whitney Museum, en la que numerosos artistas figurativos protestarían frente a la corriente de abstracción que se comenzaba a gestar en América. Coetáneos más jóvenes que Hopper, como Andy Wharhol o Roy Lichtenstein, rompían con la idea romántica de la pintura, llevándola hacia el denominado arte pop.

La obra de Hopper, ha sido fuente de inspiración en el cine. La inteligente utilización de la luz así como hábiles composiciones, han servido a cineastas tan reconocidos como Wim Wenders, David Lynch o Alfred Hitchcock. Este último se serviría de una de las casas de Hopper para erigir el Bates Motel de la película “Psicosis”. ¿Cómo olvidarla?

La relación con el cine, era bidireccional. Según compartiría Jo, el artista acudía con regularidad a la gran pantalla para inspirarse en sus obras. En todo caso, su producción era lenta, reflexionando cada pincelada, por lo que no finalizaba más de dos o tres obras al año.

Pese al respaldo de críticos y público, no vendió una sola obra en vida. El primer cuadro fue vendido en 1911, y el segundo, diez años más tarde. No obstante, una vez en el mercado de arte, sus obras alcanzan vertiginosas cotizaciones, como “Chop Suey”, vendida en 91,8 millones de euros.

Podría decirse que Hopper nos aporta un “realismo trágico”, donde encontramos más preguntas que respuestas, en instantáneas de momentos cotidianos, de personas corrientes y de lugares ordinarios.  El hilo conductor de su obra incluye siempre un personaje no visible, el silencio, que no por invisible cobra menos fuerza que lo que se muestra ante nuestros ojos.

María Gonzaga

1 de septiembre de 2019 

Bibliografía consultada:

Hopper. Realidad y poesía del mito americano”. Ed. Electa.

Eduard Hopper: Portraits of America”. Wieland Schmied. Ed. Prestel.  

"Hopper". Ivo Kranzfelder. Ed. Taschen.