"El tahúr del as de diamantes", 1625. George de la Tour.

Óleo sobre lienzo. 106 * 146 cm.
Museo del Louvre, París, Francia.

Georges de La Tour (Vic-sur-Seille, Francia, 1593 – Lunéville, Francia, 1652).

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El tahúr del as de diamantes es una muestra efectista del juego del engaño. Un fondo neutro envuelve a cuatro figuras de rostros inexpresivos que acaparan en un primer momento nuestra atención. No obstante, la clave está en las manos de los intrigantes personajes, ahí es donde se desarrolla la estafa. Alrededor de la mesa se disponen los tres jugadores sentados y la criada de pie. Voces apagadas, rictus tenso, se juega fuerte como vemos en los doblones de oro sobre la mesa. El jugador de la derecha tiene cuatro cartas, como también la jugadora que centraliza la composición. Por el contrario, el personaje de la izquierda, el único cuyo rostro no percibe luz directa y que se gira mirando al espectador, tan solo tiene tres cartas en su mano derecha. Con su mano derecha, saca un as de diamantes de su ancho cinturón de cuero e introduce el as de picas. Es el tahúr, que da nombre al lienzo.

El elegante y decoroso porte de los jugadores confronta con el vil engaño que sin sonrojo están dispuestas a cometer. En palabras de Pascal, “qué vanidad es la pintura, que causa admiración causa admiración por cosas cuyos originales no se admiran en absoluto” (Pensamientos).

Aún no imbuido por el tenebrismo, la obra cuenta con la luz suficiente para percibir el enorme detallismo con la que el pintor reflejó los diferentes tejidos, los brillos metálicos de los broches y el collar de gruesas e incluso las arrugas y cabellos de los protagonistas. El pintor reproduce magistralmente el color nácar de las uñas, pero al igual que hiciera Caravaggio, no se olvida de mostrar también la roña. Ostentosos penachos de plumas de avestruz teñidos de naranja y azul. Tejidos de raso, bordados en nido de abeja y ribetes con hilos de oro. Pieles muy blancas. Todo ello da muestra de la elevada posición social de los jugadores. El turbante pajizo de la criada con el broche que sostiene las plumas, casi con total certeza fue incorporado en el s. XVII.

Con gran tensión psicológica, el artista consigue introducir al espectador en la composición, haciéndole silencioso partícipe de lo que está ocurriendo.

Georges de La Tour nació en 1593 en la pequeña localidad de Vic-sur-Seille, hijo de un panadero acomodado que facilitó el acceso a los estudios a su amplia prole de siete hermanos, siendo él el segundo en nacer. Su cuidada formación le permitió acceder a determinados círculos sociales, gracias a lo cual, se casaría en 1617 con Diane Le Nerf, una rica provinciada de la ciudad de Lunéville, donde se establecería el pintor. Sobre su formación poco se sabe. Si existe certeza de al menos un viaje a París, pues el rey Luis XIII lo nombra “pintor ordinario del rey” hacia 1638. Al regreso de París, se establecería en Nancy, residiendo en dicha localidad hasta el final de sus días. Por el estilo tenebrista de sus obras, deducimos que podría haber viajado a Italia y Países Bajos, pero también pudiera ser que simplemente conociera el trabajo de estos artistas por la propia circulación de los mismos y/o de sus obras. El reconocimiento artístico le llegó pronto, pues así lo atestiguan las adquisiciones de sus obras que en 1623 realizó el Duque de Lorena, Enrique II y que en el patrimonio de Richelieu constaran lienzos del artista. Quizá él éxito explicara su arrogancia y “frialdad glacial” (Luna, 1994:26).

La primera etapa de su carrera artística, muestra obras a la luz del día, representando la realidad de la ciudad y sus personajes, como soldados o tahúres. Emplea pinceladas muy empastadas y da un tratamiento detallista a las figuras y volúmenes. Con el transcurso del tiempo, tenderá a realizar acabados más pulidos y a un lenguaje propio mediante una sorprendente simplificación geométrica de las figuras. En cuanto a la temática, el pintor abordó escenas religiosas, mitológicas, costumbristas y de género. Sus personajes comprenden un amplio abanico, personajes vulgares como tahúres, gitanos, mendigos, timadores de medio pelo pero también refinados miembros de clases acomodadas. Se podría atribuir interpretación moral, didáctica o satírica en las escenas que nos muestra, pero puede que tan solo quisiera contentar a su selecta clientela.

En las iniciales “pinturas diurnas” abundan las representaciones femeninas en estado de contemplación o ayudando a hijos o a enfermos. Numerosos son también los retratos de personas humildes de los bajos fondos, como mendigos, prostitutas y músicos callejeros. Muestra sin filtro la desolación de la extrema pobreza, revistiéndola de enorme dignidad. No huyó de representar el dolor y la muerte, como en las escenas de enfermos de peste por la pandemia. Evolucionaría más adelante hacia personajes canallescos, como “La buenaventura” o “Los tramposos”, de los que realizó diversas versiones de forma obsesiva.

La pintura religiosa cobró un matiz muy distinto, en la que el artista humanizó a los personajes divinos y les desposeyó de simbología cristiana, como el halo sobre las cabezas o las alas de los ángeles. Por este motivo se le considera pintor de una “religiosidad laica”.

Pero es en la etapa artística avanzada donde el pintor crea su persona sello mostrando escenas intimistas de inspiración caravaggista, en los que la oscuridad que arropa el conjunto. No en vano, George de la Tour, personifica el epígono del caravaggismo en Francia, confrontando con el clasicismo imperante de los círculos más cultos. De la Tour rompe la oscuridad con luces provenientes de puntos muy determinados, como una vela o una bujía incluidos en la representación y que moldea los esquemáticos cuerpos y objetos de la composición, dándoles en ocasiones aspecto luminiscente, mientras que Caravaggio, vertía la luz en la composición desde ángulos imprecisos situados fuera de la escena del lienzo. Obras bañadas por oscuridad que parecieran congelar un momento, invitando a la reflexión. Sin temor a equivocarme, George de la Tour se puede considerar como uno de los mejores artistas tenebristas del Barroco.

El pintor padeció las penurias derivadas de las luchas de poder entre Francia y Austria por acaparar la región de Lorena, cuyas tropas devastaron el territorio. La Guerra de los Treinta Años, la peste, incendios de la ciudad, entre otras calamidades. Tuvo diez hijos, aunque el primero apenas sobrevivió poco tiempo. Uno de sus hijos, Ethienne, siguió sus pasos artísticos aunque sin excesiva habilidad, lo que le llevó a redirigir su carrera como alcalde de la ciudad de Lunéville. Falleció a la edad de 59 con víctima de la peste, epidemia que también se cobraría la vida de su mujer y seis de sus hijos.

Tras su fallecimiento, su memoria fue cayendo inexplicablemente en el olvido. Por este motivo, varias de las aproximadamente setenta obras que sobrevivieron a la guerra y los incendios en Lunéville, al no ser firmadas, fueron inicialmente atribuidas a otros artistas, como a Zurbarán o a un joven Velázquez o incluso a miembros de la escuela flamenca.  No sería hasta finales del siglo XIX cuando sería recuperado gracias al estudio de diversos investigadores.

María Gonzaga

26 de septiembre  de 2020 

Bibliografía consultada:

Georges de La Tour”. Ed. VVAA.

"Los realismos en el arte barroco". Victoria Soto Caba / Palma Martínez-Burgos García / Amparo Serrano de Haro Soriano / Antonio Perla de las Parras / Javier Portús Pérez. Ed. Universitaria