Frida Khalo, pequeña paloma de grandes alas.

El 6 de julio de 1907, nació Magdalena del Carmen Frida Kahlo Calderón en Coyoacán, México, hija de Guillermo Kahlo, fotógrafo alemán y de Matilde Calderón, tehuana. Frida conoció desde niña el sufrimiento. Con apenas seis años, sufrió una poliomielitis que le dejó esquelética la pierna derecha, haciéndole víctima de la soledad y de crueles burlas infantiles. Aprendió a que nunca sería como los demás. Se avergonzaba de su miembro atrofiado, por lo que trataba de esconderlo con telas o tras arbustos en los retratos. A los siete años, su hermana escapó el seno familiar, lo que le dolió profundamente.


Con apenas 18 años, sufrió un grave accidente al ser arrollado el autobús en el que viajaba por un tranvía, que le fracturó la columna, la clavícula, varias costillas y la pelvis. Treinta y dos veces fueron las que tuvo que pasar por quirófano tras el incidente. Fue cuando se encontraba postrada en cama, convaleciente de estas heridas, cuando comenzó a pintar de forma autodidacta. El lienzo se convirtió en su confesor y apoyo a lo largo de su vida.

A la edad de quince años, Frida conoció a Diego Rivera cuando él trabajaba en su primer mural de la Escuela Nacional de México. Años después, volvieron a verse y pese a la dilatada experiencia con las mujeres de él y la diferencia de edad que les separaba, Diego quedó impresionado con la firmeza de la mirada “de ciervo” bajo unas “cejas de colibrí” tras la apariencia de fragilidad física de ella. “Una dignidad y seguridad poco habituales” comentó el devorador de mujeres, y es que el sufrimiento físico, le abrió en la frente un tercer ojo, el de la clarividencia. Comenzó un cortejo en la casa familiar, que desembocó en boda en una relación de igual a igual entre el elefante y la paloma, como se llamaban mutuamente. Diego le dijo que podría ofrecer lealtad, pero no fidelidad. Feminista a ultranza, deseaba tener el control sobre sí misma, no sobre los hombres.
Desafió el convencionalismo, retratándose vestida de hombre en homenaje a su padre cuando perdió a este. No rasuró tampoco el vello sobre su labio, más al contrario lo remarcaba, sin perder por ello un ápice de feminidad.

Intentó ser madre, pero tras tres abortos, entendió que las secuelas del accidente le impedirían llevar a cabo este deseo, sintiéndose mutilada por ello.

Pronto comenzaron las infidelidades por parte de Diego, siendo la que tuvo con la hermana de Frida la que más le dolió a ella. Llevada por el dolor de la deslealtad de ambos, Frida se cortó su melena sabiendo que a Diego le disgustaría perder el tacto de la misma, tanto como dejar de escucharla cantar.

Llegó el divorcio, pero pronto se dieron cuenta de que se necesitaban, por lo que contrajeron segundo matrimonio, firmando previamente que no tendrían relaciones en común.

Desveló sin tapujos su bisexualidad, entregándose a distintos amantes durante su relación con Diego. Al ser preguntada por ello, Frida decía tener muchos amantes, pero un solo amor. Chavela Vargas se cuenta entre sus numerosos amigos, no estando ni confirmado ni desmentido por ambas que la relación amistosa derivara en relación sentimental.

Su activismo político, la llevó a conocer a León Trosky, alojándolo en su casa con su mujer, en su huida de la troika. Con él mantuvo una relación sentimental, conocida y aceptada por Diego. Cuando el ex dirigente ruso fue asesinado, fue inicialmente arrestada, si bien se concluyó que no había tenido que ver con su muerte.

Los dolores de espalda cada vez mayores, le obligaron a tener que llevar corsés, a los que ella refería como “mi castigo”, acabando por dejarla postrada en la cama. Pidió que la cama fuera adaptada para poder seguir pintado. “No estoy enferma, solo destrozada, pero feliz de vivir mientras tenga la capacidad de pintar”.

Cuando le fue amputada su pierna derecha afectada por gangrena, se enfrentó jocosa a ello diciendo “pies para qué os quiero si tengo alas para volar”. En el sentido del humor y una visión mágica de la realidad, encontró la fortaleza para siempre salir adelante. En el alcohol también buscaba evasión, acuñando la frase de “pretendí ahogar mis penas en alcohol, pero estas aprendieron a nadar”.


En 1953, un año antes de su fallecimiento, tuvo lugar su primera y única exposición en Ciudad de México. Aunque se encontraba postrada en su camastro, no quiso dejar de asistir, pidiendo para ello ser transportada en ambulancia e instalando una cama en la exposición. Feliz, contó chistes, cantó, bebió la tarde entera, dejando asombrados a cuantos acudieron al evento.

Sus casi 200 cuadros no se entienden si no se entiende su vida. En ellos reflejó alegóricamente su concepción (“Retrato de mi padre”), su nacimiento (“Mi nacimiento”), la soledad que le impuso la enfermedad en la infancia (“Cuatro habitantes de Ciudad de México”), los abortos sufridos (“Henry Ford Hospital”), la lactancia (“Mi nana y yo”), el dolor físico (“La Columna Rota”, “El venado herido”), el modo en el que Diego ocupaba sus mente (“Diego en mis pensamientos”), su exaltación de la vida (“Sandías, viva la vida”), todo ello, sin filtros. Por el contrario, en otros cuadros plantea interrogantes interpretativos. Llama la atención que pese a su enorme reserva hacia la exteriorización de sus sentimientos, los expone con total impudicia e independencia en sus pinturas.

Quizá fuera el narcisismo lo que le impulsaba a las pinturas autobiográficas, pero ella justificaba diciendo que ella misma era el tema que mejor conocía. A las invitaciones de incluirse en el movimiento surrealista, respondía no ser una pintora surrealista puesto que no pintaba sueños, sino que su vida era surrealista.

Obtuvo el respeto de Pablo Picasso, André Breton, Henry Moore, Vasili Kandiski o Marcel Duchamp. Picasso afirmó a Rivera que ninguno de ellos dos podría superar los retratos de Frida. Contrastan los pequeños retratos de la paloma, frente a las obras de gran formato del elefante.
Conoció la desmesura y el desenfreno libre, tenía risa abierta pero sonrisa esquiva, sin estar por ello exenta de dolor. Vehemente, descarada, graciosa, locuaz, frágil y firme, insegura y fuerte, femenina y andrógina, amada y abandonada, mutilada y entera, jocosa y seria, no es una mujer sino muchas que vivieron en ella, con honestidad, realismo y valentía.

El 13 de julio de 1954, a los 47 años, Frida falleció en la misma casa que la vio nacer, quizá ganándole ella la batalla a la muerte de ser cierta la sospecha de que aceleró ésta tomando una sobredosis de fármacos tras sufrir una embolia pulmonar. Pero solo muere quien no vivió, y Frida, vivió intensamente. ¡ Viva la vida!


María Gonzaga
6 de julio de 2018


Bibliografía:
Frida Kahlo (Helga Prignitz-Poda, Ed. Schirmer Mosel)
Diego y Frida (J.M.G. Le Clèzio)
Efecto Frida (Susana M. Vidal, Ed. Espasa)
Frida Kahlo (Andrea Kettenmann, Ed. Taschen)