¿Hasta qué punto el contexto, el precio o quien lo realiza, determina la consideración de Arte?

¿Hasta qué punto una obra artística dependen de su calidad o depende del contexto en que encuentre, el género de quien lo ejecuta y por qué no, de su precio? ¿Hasta qué punto tienen las obras artísticas valor intrínseco?  ¿Por qué ha ido variando la temática de las obras de arte?

Analicemos la influencia del contexto. El diario ‘The Washington Post’ realizó un experimento que dejaba entredicho el valor propio del arte, supeditándolo al contexto en el que se mostraba así como en el precio, o más concretamente, la falta del mismo para acceder a ella.

Para ello, ofrecieron al prestigioso violinista americano Joshua Bell que ofreciera un concierto en el subterráneo de Nueva York, ataviado con jeans, camiseta y gorra.

El concierto comenzó a las 07.51 de la mañana el violinista en la estación L1Enfant Plaza, situada en el epicentro de Washintong. De su Stradivarius valorado en 3,5 millones de dólares emararon un total de seis melodías de diversos compositores clásicos. Frente a él, pasó una multitud de personas que en su inmensa mayoría ni siquiera dirigieron una mirada hacia donde surgía la música. Tan solo pararon 7 personas para escucharle, solo una persona le reconoció, y apenas 27 personas aportaron alguna moneda. En los tres cuartos de hora que duró el recital, recaudó 32 dólares y 17 céntimos. Poco beneficio, máxime si lo comparamos con el logrado apenas una semana antes en el Boston Symphony Hall que registró un lleno total con un precio medio por entrada de 100 dólares.

Veamos un ejemplo en sentido opuesto. El Museo Británico de Londres fue objeto de broma (¿o medio para un experimento social?) por parte del artista urbano Banksy. Así, en el año 2005 el artista consiguió colocar en una de las paredes de la galería de arte romano, una piedra con la imagen de un muñeco llevando un carrito de la compra. Pasó inadvertido durante varios días. No es el único museo en el que Banksy ha introducido sus obras sin ser invitado, también ha incluido sus creaciones en la Modern Tate (Londres), el MOMA (Nueva York) o el Museo de Brooklyn.

Caso parecido ocurrió en el Museo de San Francisco en 2016. Ya fuera como travesura o con intención, unos adolescentes dejaron unas gafas en el suelo de una de las estancias. Esta particular “performance” acaparó el interés de numerosos visitantes, que miraban con circunspecto interés unos simples anteojos. Varios incluso tomaron fotografías desde diversos ángulos. Recomiendo ver la película The Square, dirigida por Ruben Östlund y ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, que de forma ácida nos conduce a la difícil pregunta sobre ¿qué es arte?

Por tanto, parece que el contexto en el que se encuadre la creación parece determinar sustancialmente la apreciación de la obra artística … si es que podemos llamarla así … Pero pensemos en lo siguiente. Si elimináramos la ficha técnica que suele acompañar los cuadros en los museos y ocultáramos la firma del artista que nos induce a creencias sobre su valor intrínseco, ¿pasaríamos el mismo tiempo contemplándola que si supiéramos que estamos ante la creación de un artista consagrado?

Sobre la cuestión de si afecta en la valoración del arte en función de quién lo realiza, desgraciadamente la Historia del Arte nos afirma que es así. Si lo analizamos por género, observamos que magníficas obras de arte realizadas por insignes pintoras han quedado sepultadas por el polvo del paso del tiempo. En mi blog narro numerosos ejemplos de que así fue. Artemisa Getileschi, Eva Gonzàles, Berthe Morrisot, Ethel Wright, Olga Della-vos-Kardovskaya, Remedios Varo, María Izquierdo, Maruja Mallo, Suzanne Valadon, María Blanchard, Elena Kiseleva, Leonora Carrintong, Elisabeth Chaplin, Hilma af Klint, Camille Claudel, Virginie Demont-Breton, Juana Romani, Zinaida Serebryavov, Luisa Roldán, Ángeles Santos, Paula Modersohn, y un largo etcétera de casos en los que el talento se ha escapado por el desagüe de las coladas. Varias de las mujeres que acabo de nombrar llegaron a ser internadas en “sanatorios” para alejarles de la idea de ser artistas, forzando a seguir la vida que otros habían escrito para ellas. Por fortuna la Historia les empieza a hacer justicia, en beneficio de todos cuantos amamos el Arte.

La historiadora de arte americana Linda Noschlin elaboró un ensayo en los años 70, bajo el provocador título “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”. La pregunta da por sentada una aseveración totalmente engañosa, que ella misma va desmontando con sólidos argumentos.

Podemos afirmar que tradicionalmente el reconocimiento en el mundo del arte, no solo ha exigido maestría técnica sino también cumplir los requisitos de ser hombre, blanco, europeo o norteamericano y heterosexual. Poco a poco, se van rompiendo tópicos.

Hablemos de la temática de las obras de arte. La concepción tradicional de “arte” se relacionaba con talento, recreación de la belleza y en última instancia con el concepto élite. A final del siglo XIX y comienzo del XX, comenzaron nuevas tendencias que ampliaron el concepto de arte como el Cubismo, el Pop Art, el Suprematismo, popularizándolo y diversificando. De esta forma, las obras artísticas pasan también a ser apreciadas por su capacidad para expresar la subjetividad del artista (preocupaciones, pensamientos, experiencias, emociones,...). Igualmente, la diversidad de técnicas y materiales aportados por los artistas de vanguardia facilitando la experimentación creativa.

En 1979, el pintor y docente uruguayo Luis Camnitzer realizó el experimento de enviar un guante a diversos artistas, pidiendo que se lo enfundaran y posteriormente lo vendieran junto alguna de sus obras. Se trata de la imagen que encabeza este artículo. Se observó que las obras se revalorizaron por llevar anexas un guante del pintor.

Llegamos al escollo del precio de las obras. El pintor holandés Vincent Van Gogh tan solo vendió un cuadro en toda su vida por unas pocas monedas. Malvivió toda su vida, pero la paradoja de la vida hace que sus obras hoy en día se exhiban en los más prestigiosos museos del mundo, y se alcancen vertiginosas cifras por ellas en las más reputadas subastas de arte internacional.

A final del año 2019, el Art Basel Miami Beach pagó 120.000 dólares por plátano pegado a la pared con cinta americana. Pido disculpas por no incluir el nombre del autor. Pero si elevada nos resulta la anterior cifra, añadamos dos ceros (a la derecha) para convertirla en espectacular. Ese fue el importe satisfecho por un millonario banquero por adquirir la carcasa en descomposición de un tiburón dentro un tanque de formol, obra del británico Damien Hirst. ¿Arte o deseo de auto-ensalzamiento y muestra de poder?  Si complicado es el mercado del arte en general, más aún resulta el específico del arte contemporáneo.

No confundamos pues precio con valor. El mercado capitalista nos indica que si un objeto puede ser vendido como arte, es arte. Cínica definición de la cultura, pero por desgracia, no está alejada de la realidad.

Cabe concluir que que no todo lo que brilla es oro y que la belleza reside en el ojo de quien realmente ve. La obra de arte es luz en la oscuridad, nos habla desde el silencio, nos transmite una emoción, nos produce placer como también puede significar un revés en la mandíbula, conectándonos con nuestros sentimientos más profundos.

María Gonzaga

11 de abril de 2020

Bibliografía consultada:

Curso Arteterapia por la Universidad Miguel de Cervantes.

Video del experimento Joshua Bell: https://www.youtube.com/watch?v=LZeSZFYCNRw

La enseñanza del arte como fraude”. Luis Camnitzer.

El tiburón de 12 millones de dólares: la curiosa economía del arte contemporáneo y las casas de subastas”. John Thompson.

Película "The Square", dirigida por Ruben Östlund.