"La balsa de la Medusa", 1819. Théodore Géricault, romanticismo trágico.

Óleo sobre lienzo. 52 * 64 cm.
Museo Frabre. Montpellier, Francia.

Jean-Louis Théodore Géricault (Ruan, Francia, 1791 – París, Francia, 1824).

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Una terrible historia ocurrida en el mar, alumbró una pintura excepcional. El recuerdo de la odisea de los supervivientes del naufragio de la fragata francesa Medusa pervive ayudado por el rastro que dejó el en Arte. La colosal obra cuelga de las paredes del Museo del Louvre de la mano del pintor romántico Théodore Géricault.

El 17 de junio de 1816, partía de la costa del golfo de Vizcaya La Medusa, una embarcación de bandera francesa con rumbo a Senegal con unos cuatrocientos pasajeros a bordo. Se trataba de personas que mudaban su residencia a la colonia francesa, entre los que se encontraban el futuro Gobernador y su familia. Fue precisamente el Gobernador quien se antojó en director de la ruta, ninguneando las rutas de las embarcaciones regulares a dicho destino. Su soberbia e ineptitud hicieron embarrancar la nave en aguas poco profundas, apenas dos semanas después de partir, el 2 de julio, a 150 kilómetros de la costa de Mauritania.

Tan solo había seis botes salvavidas, que fueron ocupados por el Gobernador y familiares, el capitán y altos cargos. Se improvisó una balsa que dio cabida a unas 130 personas, debiendo quedarse otras 17 en los restos de la fragata por falta de espacio en la balsa y los botes. Inicialmente los botes remolcaron la balsa, pero un trecho más adelante, el Gobernador ordenó soltar amarras por temor a revueltas ante la falta de víveres. Abandonada a su suerte, la balsa sería escenario de cómo se desata el infierno.

La primera noche varios ocupantes cayeron al mar y murieron. La segunda noche, acuciados por la falta de espacio y comida, los hombres armados asesinaron a unas 65 personas. La tercera noche comenzó el canibalismo. Ante la falta de agua, comenzaron a beber el vino que rescataron del naufragio lo que provocó el delirio. Pero también este líquido se agotó y debieron comenzar a beber su propio orín.

Cuando la balsa fue avistada, tan solo quedaban 15 personas vivas, de las cuales 5 fallecerían en los días siguientes. De las 17 personas que permanecieron en los restos de la fragata, tan solo sobrevivieron 3. En realidad, el barco que les salvó acudió para aprovechar las escasas pertenencias de La Medusa, ya que consideraron que nadie habría sobrevivido.

La corona francesa encabezada por el Borbón Luis XVIII, quiso ocultar lo ocurrido pero tiempo después, dos de los sobrevivientes escribieron un libro que puso al descubierto la verdadera magnitud del drama, lo que derivó en un importante escándalo. Se celebró un consejo de guerra, tras el cual resultó condenado a cárcel el Gobernador, quien había obtenido este título como gratitud del Rey por su apoyo a la Corona.

El pintor Théodore Géricault quiso plasmar la tragedia, entregándose por completo a esta tarea obsesivamente durante casi dos años. En el taller pintaba, comía e incluso dormía. Pidió construir una maqueta de la balsa a uno de los supervivientes, carpintero de profesión, y que posara como modelo del lienzo. Géricault obtuvo restos de cadáveres de un amigo médico y acudió con frecuencia a la morgue para estudiar el proceso de descomposición de la carne para así plasmarlo en su obra. Bajo esta inspiración ejecutaría la obra “Piezas anatómicas”, sobre la que también he desarrollado un artículo en mi blog.

El artista tituló la obra como “La balsa de la Medusa”, pero las autoridades parisinas lo cambiaron por el de “Escena de un naufragio”. Pero la burda maniobra no engañó al público, por lo que finalmente recobró el título que le dio su creador. La balsa de la Medusa, que obtuvo las mismas críticas que reconocimientos, fue también una metáfora de la deriva en la que se encontraba Francia en manos de un nefasto Rey.

La obra está pintada con perspectiva horizontal, sin punto de fuga. La estrecha paleta de colores impregna de una sensación claustrofóbica a la escena. Tan solo resaltan dos tonalidades rojizas al fondo de la imagen, el pantalón de uno de los náufragos y la estela que ondea su compañero de al lado. Ambos representan la esperanza frente al horror que tienen a sus espaldas. Esa contraposición de sentimientos se observa también en el cielo del lado izquierdo frente a los oscuros nubarrones de la derecha. Esperanza y muerte unidos. Precisamente el movimiento dramático de las olas, en el sentido de la oscuridad, parece indicarnos que los desventurados están condenados a un fatal destino.

Jean_Louis Théodore Géricault nació a finales del siglo XVIII en la localidad francesa de Ruan. Estudió pintura bajo la tutela de quien también fue maestro de Delacroix. Estudió la obra de Rubens, Miguel Ángel, el barroco y Constable gracias a diversos viajes a Roma, Florencia y Londres. Quiso desmarcarse de la corriente neoclásica que lideraba Jacques-Louis David y profundizar en el género del romanticismo, con escenas y personajes de la vida cotidiana de los que reivindicaba su dignidad y fuerza. Célebres fueron sus gráciles caballos. Pintaba del natural sin bosquejos previos, sirviendo de modelos moribundos, ancianos o enfermos mentales. A propósito de estos últimos realizó una serie de diez cuadros de los que tan solo cinco han llegado a nuestros días, como “Retrato de mujer loca” y “El cleptómano”. El fuerte impacto que causó en la crítica y la sociedad, le granjeó numerosos detractores, pues en la época los enfermos mentales eran considerados no humanos.

Con todo, su obra más reconocida y la que le encumbró a la fama es “La balsa de la Medusa”, que contrapone lo que serían una repugnante imagen en la que se entremezclaban vivos y muertos, pero al tiempo resulta ser escena tremendamente bella. Una réplica en bajorrelieve de "La balsa de la Medusa" adorna la sepultura en el cementerio parisino de Pere Laiche de este sinigual pintor, que combatió frontalmente los rígidos preceptos academicistas.

María Gonzaga

4 de julio  de 2020