"La comulgante", 1914. María Blanchard, la mujer sin flores.

Óleo sobre lienzo. 180 * 124 cm.

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid, España

María Gutiérrez Blanchard (Santander, 1881 – París, 1932).

 ----------------------------------------------------------------------------------------------

María Gutiérrez Blanchard nace en 1881 en Santander, hija de una familia burguesa y con elevados intereses culturales en distintas disciplinas. Su abuelo fue el fundador del periódico “La abeja montañesa”, y su padre la revista literaria “El Atlántico”, contando entre otras colaboraciones, con el insigne José María de Pereda y Marcelino Menéndez Pelayo. Se cuenta que una fatal caída de su madre desde un coche de caballos mientras la gestaba, provocó la doble desviación de su columna, aunque quizá vino provocada o agravada cuando la pequeña cayó desde los brazos de la niñera. Esta lesión le provocó dolor físico el resto de su vida, pero también emocional, al ser la joroba objeto de burlas o servir de estúpido talismán para billetes de lotería.

La pequeña pronto descubriría el placer y la evasión que representaba la práctica del dibujo, afición en la que era apoyada por su padre, quien la facilitó la asistencia a diversas escuelas. Contó con significados maestros, como Emilio Sala, de quien aprendió la exuberancia del color e importancia del dibujo en composiciones armónicas con personajes de inspiración barroca.

Trabajó en el estudio de Manuel Benito con quien tendría una mutua retroalimentación artística. En 1908, siendo aún una incipiente artista, concurre a la Exposición Nacional de Bellas Artes en Madrid, obteniendo una muy valorada tercera medalla. Esta meritocracia le permitió optar a ayudas públicas de formación, que le permitirían marchar a París. En la capital francesa sería alumna del pintor holandés Kees Van Dongen y del pintor mallorquín Hermenegildo Anglada Camarasa, quien a su vez, tenía amistad con el austriaco Gustav Klim. En esta etapa, Blanchard aprendería el pleno uso del color, acercándose al movimiento expresionista europeo, alejando de la estricta formación académica adquirida en España. El penetrar en el estricto círculo del arte parisino, le permitió conocer al pintor mexicano Diego Rivera, quien estaba sumergido en la concepción cubista (en su retorno a México más adelante, pasaría a una pintura más social). Enviaría una segunda obra a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid, “Ninfas encadenando a Sileno”, su única obra mitológica, que le granjearía el digno segundo puesto y una nueva ayuda económica. Tras la exposición, llevó la obra a su amiga la escritora Concha Espina, diciéndole “métela en el sótano si conservas la llave, o entrégala al trapero”, a lo que lógicamente Concha no accedió, dándole el protagonismo que le correspondía por méritos propios. Otras piezas de esta etapa son “Cabeza de gitana”, ausente de sentimiento trágico con pincelada profunda, o “La Bretona”, que atrae y repele al mismo tiempo, como portadora de un mal presagio.

Tras una estancia en España, regresa nuevamente a París, donde compartiría estudio con Diego Rivera y tendría como vecinos a los pintores italianos Amadeo Modigliani, y Gino Severini.

De su profesor Van Dongen, obtendría inspiración sobre el arte primitivo y el aprendizaje de que la pintura puede escapar del referente de la naturaleza. Esta segunda estancia en París resulta fundamental para afianzar el círculo cubista parisino, pasando a utilizar el óleo de forma plana y opaca, perfilando con rotundidad en personajes cuyos rostros parecerían máscaras africanas. Claro ejemplo es la obra “Mujer con vestido rojo” (1913-1914), cercana al neoprimitivismo con clara inspiración del pintor ruso Rousseau. La permeabilidad a distintas tendencias, permite afirmar que aún no ha definido claramente su estilo propio.

Con el estallido de la I Guerra Mundial, María Blanchard huye a Madrid, como harían otros artistas e intelectuales. En Madrid, María acude a tertulias literarias, como las que se organizaban en el Café Pombo, comandadas por Ramón Gómez de la Serna. Distintos artistas, como Diego Rivera, Agustín Choco y la propia Blanchard, crearían el grupo de Artistas Honestos, que obtendrían no pocas burlas, y es que la luz más allá de los Pirineos, no había conseguido llegar aún al interior de la meseta.

La necesidad de conseguir recursos económicos, obliga a la pintora a participar en una oposición a una plaza pública como profesora de dibujo en la Universidad de Salamanca. Allí se dirigió una vez obtenida la vacante, pero no fue por mucho tiempo, y es que el enrarecido ambiente prebélico (no mencionaremos el tristemente célebre incidente entre Miguel de Unamuno y Millán-Astray) así como los tratos vejatorios de los alumnos, le hicieron renunciar al puesto. Llegó a decir “Cambiaría toda mi obra por un poco de belleza”.

En el género pictórico de la España de aquella época, podemos distinguir dos vertientes, una España “blanca”, representada por el valenciano Joaquín Sorolla, y una España “negra” con Joaquín Sunyer como uno de sus miembros. La obra “La espanta” que produjo Blanchard en este periodo, se enmarca en el segundo género, y que también es preciso enaltecer.

En 1914 factura la pieza “La comulgante”, que replicaría (tal y como hacía Paul Cezanne) de cara a una exposición en 1921 en París, con recuerdos de Marc Chagall y Diego Rivera. El coleccionista y visionario Paul Rosenberg prometió a Blanchard un largo mecenazgo. La obra sugiere una estampa devocional, centralizada por una niña vestida con un traje de comunión y cuyos pies inclinados parecen indicarnos una levitación. Su mirada no es alegre, más bien, inquisitiva al espectador, como resignándose a congelarse en una imagen. La pintora añade componentes simbolistas por lo decorativo y naif por la ingenuidad que parece querer representar. Sobre la protagonista, encontramos dos nubes algodonosas forman lo que resultan ser ángeles. La mezcla de intenso rojo en la intrigante cortina y el reclinatorio junto al negro del suelo y las sombras de las telas, nos sugieren agresividad contenida. Se trata de una obra de madurez de la artista, en la que conjuga perspectiva italiana en el suelo, perspectiva caballera en el reclinatorio y planos frontales en perspectiva aérea.

En el verano de 1915, la pintora regresa definitivamente a París. Conseguida por fin la paz de espíritu, retoma antiguas amistades entre pintores e intelectuales y asiste a tertulias en las que su juicio es tomado muy en consideración. Declina tentaciones comerciales, algo que le llevó a escuchar “pobre María, se cree que solo con talento tendrá éxito”. En aquel momento, comenzaría a firmar con el apellido materno, ya que hasta ese punto, las obras que firmaban, llevaban el apellido Gutiérrez.

Comienza a explorar el terreno cubista, que implica la descomposición de las figuras en múltiples planos, como queriendo ver el objeto representado desde distintas perspectivas, con una paleta cromática que se va estrechando para dejar predominar una reducida escala de tonos fríos. Las obras “Mujer con guitarra” y “Mujer con abanico”, son algunos de los ejemplos de este capítulo de su vida, en las que ni falta ni sobra una pincelada, con visión intimista femenina. Se trata de una prolífera etapa en la producción de la artista, que se vería reconocida en exposiciones como la celebrada en Bruselas o en Brasil.

En 1927 su salud comienza a deteriorarse, lo que añadido al fallecimiento de su amigo Juan Gris y el alejamiento de su amiga pintora Angelina Beloff sumida en la depresión que le causó el abandono por parte de Diego Rivera con quien tuvo un hijo, hicieron que Blanchard fuera poco a poco alejándose de círculos sociales. Aunque firmó un contrato con el marchante Rosemberg que le proporcionaba cierta seguridad económica, lo cierto es que se comenzaba a ver asfixiada económicamente por la necesidad de ayudar financieramente a cuatro miembros de su familia, estando como estaba, gravemente enferma. Se abandonó físicamente por completo, contando su biógrafa que siempre llevaba el mismo vestido. En dicha etapa, decide que comenzará a pintar flores, “cuando las traigan los trenes azules procedentes del Sur”. Fue su último deseo artístico que no pudo ser cumplido, al fallecer víctima de tuberculosis. A su entierro acudieron entre otros André Lothe, Angelina Beloff, César Abín, su biógrafa, familiares y buena parte de indigentes a quienes ayudó en vida. La precaria situación económica, le impedía poder disponer de tumba individual, por lo que era abocada a una fosa común. La generosidad del pueblo santanderino, en la figura de su alcalde, Juan Hormaechea Cazón, impidió que así fuera, y los restos de la artista descansan en el cementerio parisino de Bagneux.

María Blanchard junto con Maruja Mallo, consiguieron en vida el crédito profesional más fuera que dentro de las fronteras de su país de origen. En 1982 se organizó una exposición conmemorativa de su obra en Madrid, pero quedó eclipsada por la coincidencia en el tiempo con la conmemoración sobre la obra Pablo Picasso. De nuevo, en 2013, el Museo Reina Sofía preparó una exposición sobre Blanchard, pero también quedó en un segundo plano al abrirse apenas dos meses más tarde una gran exposición sobre el mediático Salvador Dalí. Y es que la desgracia parece incluso perseguirle tras su muerte.

Actualmente, se puede disfrutar de su obra en grandes espacios de arte, tales como el Petit Palace de Ginebra, el Museo Pompidou de París, Nantes, Grenoble, Amsterdam, el museo Reina Sofía de Madrid y el Museo de Bellas Artes de Santander, entre otros.

Las dificultades físicas de Blanchard le impidieron conocer el amor, pero utilizó la pintura como medio redentor, utilizando el deleite plástico para generar verdadera belleza con una desbordante capacidad creativa.

Isabelle Rivière, amiga y primera biógrafa de María Blanchard, la describió como un pájaro salvaje encerrado en una triple jaula: su “cuerpo torturado”, su “corazón ávido” y “el mundo hostil”.

María Gonzaga

20 de febrero  de 2019

Bibliografía consultada:

"María Blanchard. La pintura, fundamento de una vida". Ed. Estudio. María José Herrería.