"La rossa" (Mujer de rojo), 1892. Juana Romaní, pasión por el retrato.

Colección Privada.

Juana Romani (Velletri, Italia, 1867 – París, Francia, 1924).

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Giovanna Carolina Carlesimo nace en la localidad de Velletri, próxima a Roma, donde residiría hasta la edad de diez años. Pronto perdió a su progenitor, contrayendo su madre segundo matrimonio con Temistocle Romani. El matrimonio decidía trasladar su residencia a París, instalándose en el pintoresco barrio latino. Apenas entrada en la adolescencia, Giovanna entró en contacto con los círculos artísticos gracias a su belleza y desparpajo, convirtiéndose en modelo de varios pintores. Asombró al pintor Jean-Jacques Henner al acercarse al caballete tras cada sesión, por lo que él supo que la joven podía ser algo más que parte pasiva de la obra. Convertida en alumna de Henner, pronto comenzó a dar sus frutos.

Con apenas veintidós años, se convirtió en expositora recurrente en el Salón de París, durante el periodo comprendido entre 1888 y 1904. Aunque por su condición de mujer se le reservaban los espacios menos favorables, lo cierto es que obtuvo el reconocimiento del público y la crítica.

Su pintura era inmediata, improvisada, pasando al color sin apenas un previo bosquejo, impulsada por su seguridad interior innata.

Al igual que hiciera algún otro coetáneo suyo, optó por cambiarse el nombre de Giovanna por la traducción española de Juana, al igual que hiciera con su apellido, tornándolo por el de su padre adoptivo, Romani.  

Profundizó en el insondable mundo del retrato psicológico femenino, sirviéndose del costumbrismo histórico con vestidos de época. Mujeres jóvenes, frontales, que miran con firmeza, con sensualidad y pizca de picardía al espectador. En ocasiones, representó personajes bíblicos, como “Salomé”, o reinas fantásticas portando suntuosos vestidos renacentistas, o mujeres exóticas envueltas en una atmósfera de misterio. Atendía a la esencia del representado, sin malgastar pinceladas en innecesarias representaciones minuciosas.

“La Rossa” (1982) es la obra seleccionada para encabezar este artículo. Combina con maestría la técnica del claroscuro aprendida de Henner, aunque con su particular sello personal. La obra conjuga a la perfección la fría tonalidad del vestido y el fondo, con la carnación de las mejillas y labios, así como la rojiza cabellera. Nos transmite una fuerte sensación de misterio, oscilando entre una probable malicia y una desbordante sensualidad.

La fuerza psicológica de sus retratos, la hizo merecedora de multitud de encargos, vendiendo obras que la artista consideraba aún no finalizadas.

¿Es posible que el péndulo de su vida la trasladara de la cúspide del éxito a la reclusión y absurdo olvido? La respuesta es sí. Sus compañeros hombres toleraron mal que su obra fuera eclipsada por la de una mujer, y comenzó un duro boicot contra su obra e incluso contra su persona. El carácter visceral de Juana le llevó a responder con fuerza ante tal injusticia, lo que sirvió de coartada a su pareja sentimental para internarla en un sanatorio mental. En dicha institución permanecería durante más de veinte años, hasta su muerte. Prácticamente toda su obra desapareció tras su internamiento, así como la que realizó durante el mismo.

Un medallón con su retrato nos recuerda que sus restos mortales descansan en el cementerio de Suresnes.

Juana Romaní, una vida y un talento sesgados, el caro precio de ser mujer y tener talento en un mundo de hombres.

María Gonzaga

15 de marzo de 2020

Bibliografía consultada:

“Juana Romani”. Diane Elisabeth Poirier.

Artículo de Silvestra Bietoletti, miembro del Museo Nacional de Bellas Artes (Argentina)