Las más bellas muertes de la historia del Arte.

Resulta innegable que la muerte nos dará cita de forma ineludible a todos en algún momento. Y aunque no deseemos recrearnos en ello, numerosos han sido los artistas que han querido representar el final en sus obras a lo largo de la Historia de la humanidad. Una breve razonable selección de las obras más significativas de los siglos más recientes, podría ser la siguiente.

Andrea Mategna, nos presenta “Cristo muerto y tres personajes dolientes” (Pinacotena de Brera, Milán ) en torno al 1.500. En esta obra nos encontramos la figura de Cristo tras ser desprendido de la cruz, posado sobre la losa de unción en la que se le preparará para ser sepultado. Junto a él, la anciana Madre y otras dos figuras, que podrían tratarse de María Magdalena y Juan. El sereno cadaver posa en escorzo, dejando a la altura de nuestra vista las manos llagadas, como si estuviéramos arrodillados frente a la dramática escena. Pies y cabeza aparecen ligeramente ladeados hacia la derecha con objeto de restar sensación de rigidez mortis causa. Probablemente por reducir dicho efecto, el pintor ha representado las manos dúctiles, posadas suavemente. El abdomen se haya hundido, evidenciando la falta de respiración, y apenas se avista rastro de la lanza con la que fue uncido. Se han eliminado la innecesaria exhibición de sangre de las heridas, así como detalles simbólicos del personaje histórico: tan solo muestra un hombre sin vida. Resulta llamativa la desproporción de la cabeza y el torso, a fin de lograr su completa visibilidad. No obstante, la pericia como perspectivista del pintor, hace que se vea armónico.

Caravaggio sorprendió por la crudeza, frialdad y realismo de su obra “Judith y Holofernes” (Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma) datada en 1599. Una impertérrita Judith da muerte a Holofernes con una enorme daga, retirándose lo suficiente como para no fallar en su objetivo sin mancharse por ello. La sirvienta contempla la escena con idéntica desafección. La brutal imagen impactó a artistas posteriores, como a Artemisa Gentileschi, que se sirvió de esta inspiración en 1620 como venganza hacia su violador (Galería Uffizi, Florencia).

En la obra “Ofelia”(Museo Tate Britain) el artista británico John Everett Millais representó en 1852 la muerte de la amada de Hamlet, obra cumbre de William Shakespeare. El texto nos explica que mientras que la joven recogía flores en la campilla inglesa, se encaramó a la rama de un arbol, esta se quebró y cayó al agua perdiendo la vida. Podemos contemplarla con el balnquecino rostro que otorga la muerte, y la boca entreabierta como si le faltara algo por decir. Sobre el cuerpo flotan diversas flores, fiel a lo dispuesto en la redacción del dramaturgo, tal como el collar de violetas en su cuello, símbolo de la desgracia y la muerte prematura. Se ven margaritas, aludiendo a la ingenuidad de la muchacha, lirios en alusión a su virginidad, ortigas relacionadas con la pena, o amapolas vinculadas con la muerte. La antinatural posición en la que han quedado sus brazos, entreabriendo los antebrazos, podrían hacer referencia a la crucifixión de Cristo. La obra tiene un tamaño relativamentemente pequeño (76 * 112 cm), lo que no le resta fuerza expresiva. Como modelo, el artista se sirvió de una joven dependienta en una sombrerería. De cara a preparar la composión, la muchacha debió pasar largos ratos sumergida en una bañera con agua calentada por el tenue calor de unas velas. Se trataba de la forma más veridica de estudiar el efecto del agua sobre la ropa, así como la transparencia de los brazos sumergidos. Tal era la concentración del pintor y la profesionalidad asumida por la modelo, que la baja temperatura a la que estuvo sometida estuvo a punto de costarle la vida.

La tela “Hombre muerto” (Galería Nacional de Arte, Washintong) realizada por Manet en 1864, nos muestra un torero tumbado en escorzo, tras recibir la fatal cornada del astado. Se cree que se inspiró en un soldado muerto para realizar esta obra, en la que cuidó representar la calidad de la ropa con la que vestía, la seda de las medias y la capa de torear. Lo muestra sobre un tono neutro (la arena del coso), con clara inspiración japonista tan habitual en el impresionismo, al recortar la imagen del personaje. Sobre él incide un fuerte foco de luz, que apenas genera sombras.

“El lamento por Ícaro” (Museo Tate Britain, Londres), obra al óleo de 1898 por Herbert James Draper, nos muestra a Ícaro rodeado por tres ninfas que contemplan afligidas su final. Se trata del personaje de la mitología griega que fue recluido en la isla de Creta junto a su padre, el constructor del laberinto de Creta. El progenitor construyó unas alas como medio de escape, uniendo plumas mediante hilo y cera. Advirtió a Ícaro de no volar demasiado alto, ya que el calor del sol derretiría la cera, pero tampoco muy bajo pues la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar. Aunque inicialmente mantuvo una prudente altura, Ícaro confiado continuó alzando el vuelo hasta que ocurrió lo preconizado por su padre. En la legenda, las alas se desintegran, pero el pintor inglés optó por mantenerlas en la obra para dotar de mayor belleza a la imagen. El cuerpo del joven yace exhibiendo su musculatura, como si fuera una escultura.

“La muerte de Marat” (Museo de BB.AA., Bruselas) nos muestra a Marat, uno de los creadores de la constitucion del gobierno de la república francesa, tras ser asesinado en 1973, por una monárquica de la región de Caen. Como señuelo, Charlotte Corday, como se llamaba la asesina, le envió una misiva rogando mantener una charla argumentando una terrible desgracia. Es la carta que sostiene Marat en su mano, ya sin vida. Sobre el cajón que hacía las veces de escritorio, se puede ver la última instrucción del finado: “dispondrñeis esta asignaciñon para esa madre de cinco hijos cuyo marido murió en defensa de la patria … “. El brazo derecho cae, aún sosteniendo la pluma con la que firmó la ayuda a la supuesta viuda, muy próximo al puñal que le sesgó la vida. Marat se encontraba en la bañera en la que debía pasar largo tiempo como remedio a una extraña enfermedad en su piel. El pintor lo retrata con ternura, con pocas muestras del rastro de sangre, y reflejando un rostro bajo la paz posterior al último suspiro que ha exhalado sus labios entreabiertos. La composión armoniza con maestría líneas horitontales y verticales, manteniendo un fondo oscuro completamente neutro, que remarca la tensión y dramatismo del momento.

“Muerte y vida” (Museo Leopold, Viena), es obra del pintor simbolista austriaco, Gustav Klim. La realizó en 1916, quien sabe si intuyendo su propia muerte, apenas dos años más tarde. En ella delimitó dos bloques claramente diferenciados, que parecen estar suspendidos en el aire, al carecer de una estructura adicional. A la izquierda, encontramos la imagen de la muerte sobre un fondo negro, vestida con un sudario con estampaciones de cruces, portando la fatal guadaña mientras parece sonreir macabramente. En la parte derecha de la imagen, encontramos la vida arremolinada. Hombres abrazando a sus mujeres, mujeres protegiendo con sus brazos a sus hijos. Salvo una de las mujeres, el resto de los personajes aparecen con los ojos cerrados, ¿duermen o quizá no quieren ver la certeza de la muerte que acecha? Es una obra de madurez de Klim, quien ya ha abandonado la época dorada para entrar en la fase mosaística, como si las imágenes ondulantes fueran vistas a través de un caleidoscoquio.

El artista contemporaneo Michael Stavros quiso golpear nuestra comprensión de lo quebradiza que es la vida al representar a su hija de once años simulando haber partido en la obra “Phobe is dead/Mc Queen” (Moran Arts Foundation Collection, Sydney). Al igual que la anterior obra de Klim, en este caso la parca ha sesgado una vida casi recién estrenada.

Aunque nos hemos referido a obras más recientes en el tiempo, lo cierto es que la muerte y el arte han estado estrechamente ligado desde la antiguedad más remota. Así, una de las manifestaciones artísticas más impresionantes de la historia de Egipto consistía en colocar un retrato del finado más o menos realista sore su momia. Los romanos adquiririan esta costumbre a partir del siglo I. Para ello, se tomaba un molde de cartonnage a base de tela y yeso o estuco pintado y se adornaba con joyas (reales o pintadas) y flores.

Son conocidos los denominados genéricamente retratos de El Fayum, más que por delimitación geográfica, por designación estilística. Se realizaron en la técnica de la encaústica, en la que los pigmentos se disolvían con cera caliente mezclada con aceite y resina. El resultado es poco dibujístico pero el colorido es altamente brillante. Adornaban las residencias de las acaudaladas familias que podían costearlo, y posterior al deceso, se empleaban en el ritual funerario.

 

María Gonzaga

25 de abril de 2020