"Las tres gracias de la música", 1950. Norah Borges, dulzura y granitos de sal.

Óleo sobre madera contrachapada. 102.5 x 103 cm

Norah Borges (Buenos Aires, Argentina 1901 - 1998).
_______________________________________________________________

En un genio de emoción justiciera, profundicé en la historia de una mujer menuda, cuya plenitud se vio eclipsada por el peso de su apellido y los hombres que formaron parte de su vida.

Leonor Fanny Borges Acevedo nace en la ciudad de Buenos Aires, Argentina con el inicio del siglo XX, siendo la hermana menor de quien se convertiría en prohombre de la literatura aunque también defensor de la dictadura de Jorge Videla. Fue su hermano José Luis quien le pondría el pseudónimo de Norah por el que era conocida.

En la casa familiar, los hermanos encontraron el estímulo intelectual por la literatura y arte en general, afianzado por el cambio de residencia a distintos países como Suiza, para tratar la ceguera progresiva de su padre, como también a España. En Ginebra estudiaría arte en la École des Beaux-Arts, aunque su principal mentor le aconsejaría pintar sola, abandonando las rigideces propias academicistas.

Su estancia en Suiza le permitió conocer las tendencias del expresionismo, como el ejercido por el pintor alemán Ernst Ludwig Kichner, uno de los fundadores del Grupo Dië Bruck (El Puente), así como el modernismo y el cubismo.

Viajó por la Provenza francesa, pasando por la encantadora localidad de Nimes, que la enamoraría y sería objeto de múltiples dibujos y cuadros por parte de la artista.

Con su llegada a España, participaría en las Vanguardias. Varias fueron las ciudades en las que residió la familia, Barcelona en primer lugar, seguida de Palma de Mallorca, Sevilla donde entraría en contacto con el género ultraísta, Granada, Madrid y de nuevo Palma de Mallorca. Desde aquella isla, tomaría el barco con el que la familia regresó a Argentina.

En Buenos Aires lideró la asociación feminista antifascista contra Perón, que le costaría un mes de cárcel en el Buen Pastor. Sin embargo, la visión utópica existencial que no la abandonó nunca, supo encontrar incluso la belleza en los suelos ajedrezados del recinto y en el buen trato de las funcionarias de prisiones. “Qué bello es, parece basura”, exclamó al contemplar un puchero burbujeante, y es que pertenecía a la clase de humanos que son sensibles a la belleza en todas sus manifestaciones.

Además de pintora, investigó el género del grabado, fue crítica de arte e ilustradora de revistas, herbarios, poemarios de su hermano y libros. Escritores como Julio Cortázar demandaron su trabajo de ilustración, así como los españoles que emigraron de España, como León Felipe, Rafael Alberti o Ramón Gómez de la Serna, entre otros.

Sus cuadros tienen todos ellos aproximadamente las mismas dimensiones, recogiendo representaciones simétricas en estado de quietud y silencio inspirador. El inmovilismo es potenciado por la suave gama cromática, huyendo de histrionismos, para ofrecer una belleza naif. No en vano decía “el mundo del cuadro debe ser otro mundo, más pequeño y más perfecto, con el verano como estación perenne”. Se sirvió de diversas técnicas artísticas, como el óleo, la acuarela, el grabado, la xilografía, el acrílico y el tapiz. Gustaba de pintar por las mañanas, cuando la luz reflejaba “colores más suaves, que se funden uno con otro”. La belleza de sus obras se columpia entre la ingenuidad y la sutil picardía.

No ambicionó mostrar su obra al gran público, más a contrario, pudorosa de reclamar contribución por ello, regalaba a su círculo de amigos los cuadros. Por ese motivo se hayan en manos privadas.

Adoraba las pinturas del Greco por su carácter escultórico, pero también otros géneros tan distintos como el cubismo de Picasso. No admiraba por el contrario a Joan Miró, por tildarse de excesiva vanidad.

Al ser preguntada por su color favorito, respondía que era el azul azur.

Aunque pintaría hasta su muerte, caería en el papel secundario que le reservaba la sociedad cargada de testosterona, al igual que le ocurriría a otras pintoras muy significadas, como Remedios Varo, Tamara Lempicka, Natalia Goncharova o Sonia Delaunay.  En el caso de Norah Borges, se acusa la desdicha de desarrollar un género distinto a la corriente de sus tiempos, lo que la hacía ser criticada por academicistas por audaz, pero también por los abstractos por su carencia hacia la figuración.

Captó el interés de Gabriela Mistral, que supo apreciar la poesía de sus obras, atribuyéndole “no ver más que niños, en un curioso planeta de su invención, en el que nadie maduró averiándose ni se pudrió nunca”. ¿Pero son felices los personajes de sus obras? Si observamos sus miradas, diríamos que no.

Norah Borges, dulzura con granitos de sal.


María Gonzaga

10 de mayo de 2019


Bibliografía consultada:

"Norah Borges: La Vanguardia Enmascarada". Ed. Eudeba. Lorenzo Alcalá.