Leonora Carrintong, la mujer que quería ser caballo.

Leonora Carrintong (Chorley, en Lancashire, Inglaterra, 1917- Ciudad de México, 2011)

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Hija de un empresario textil inglés y madre irlandesa, nace Leonora Carrintong. Ella y sus tres hermanos recibieron una estricta educación, que atendía disciplinas tales como el arte, la esgrima, el piano, equitación. No obstante, la innata resistencia a la autoridad y excepcional rebeldía de Leonora, le hizo merecedora de expulsiones de varios centros.
El hogar contaba con los servicios de una nanny irlandesa, que le transmitía leyendas celtas que vinieron a potenciar su mundo interior. Desde niña, se supo acompañada de seres sobrenaturales que reflejaba desde sus primeras pinturas de la infancia.

Apenas pasados los 20 años, ingresa en la academia de arte londinense Ozenfant. Cuenta que su primer profesor de arte, que siempre se acompañaba de un busto de Voltaire, no le permitió utilizar los óleos hasta conseguir el perfeccionamiento del dibujo. “Pintaba una manzana una y otra vez, hasta que esta re arrugaba por el paso del tiempo”. Es en dicha academia donde conoce a quien sería posteriormente pieza clave en su biografía: el surrealista Max Ernst.
Desde Londres, se trasladó a Paris, donde comenzó a trabajar en el estudio del marido de una amiga. En una cena organizada por dicha pareja Leonora coincidió de nuevo con Max. Ni la condición de casado de él, ni la fuerte diferencia de edad de ambos, ni el aspecto envejecido que le aportaba el cabello encanecido, evitó la atracción de sus fuertes personalidades. Esta relación permitió a Leonora entrar en el círculo de surrealistas y conocer a artistas tales como Pablo Picasso y, André Breton, Joan Miró, Salvador Dalí, como visitantes habituales de su casa en Saint Germain de Pres.

Leonora incluyó a Max en múltiples de sus pinturas, incluyendo al que lo representa congelado, con un caballo de hielo al fondo.

En 1939, desde París, la pareja se trasladó a Saint-Martin-d'Ardèche. La pequeña casa rodeada de naturaleza y animales, resultó inspirador para Leonora. Pero esa aparente calma y felicidad pronto se rompe, al ser enviado Max a un campo de concentración. Este hecho desestabilizó psicológicamente a Leonora, que pasó a provocarse vómitos, comer el equivalente a dos patatas al día y trabajar denodadamente en los cultivos de uva. El esfuerzo físico constituía un mecanismo de evasión y una forma de depurar su dolor interno. El Los nazis cercaban Francia, pero ella decía no tener interés en lo que ocurría en su exterior. No obstante, sus amistades consiguieron convencerla de huir a España a través de Andorra. En el inicio del camino a bordo de un fiat, encontraron muertos en los arcenes, y en un momento del camino, tuvieron que sobrepasar a un camión del que sobresalían piernas y brazos. Leonora contó que el coche se estropeó, lo que ella atribuyó a que sus propios nervios habían hecho estropear el vehículo. El recorrido se eternizaba por la ausencia de puentes en la maltrecha situación de la red de carreteras de la España post guerra civil. Su estancia en Madrid le permitió conocer la extensa pinacoteca del Museo del Prado. Particular interés le causaron las obras de El Bosco y Brueghel.
Tras sufrir un brote psicótico, fue internada en un sanatorio mental en Santander tras ser declarada loca. Hoy en día sabemos que la dolencia se conoce como síndrome de la guerra: pavor por los nazis. Este internamiento contra su voluntad, le hizo sentirse en España como una prisionera. Sus amistades le recomendaron escribir sobre su situación, lo que vino a convertirse en su obra Down bellow. La mejoría en su situación le supuso una menor supervisión por parte del centro, lo que fue aprovechado por Leonora para escapar. Con la ayuda de quien se convertiría en su esposo, el empleado de la embajada de México Renato Leduc, abandonó España con destino a Lisboa. Desde allí tomaron un barco que les conduciría a Nueva York. Pese a todo, no deseaba regresar a Inglaterra con su familia. Contaba que en el viaje hacia América, ella pensaba encontrarse con el paisaje de vaqueros que le mostraba su padre en las películas caseras, por lo que encontrarse con el cosmopolitismo y dinamismo de la Gran Manzana le sorprendió y fascinó. Pronto entró en contacto con Peggy Guggenheim, quien financió la escapada de Europa de grandes pintores como Duchamp, Tanguy y Breton.
Tras su estancia en Nueva York, el matrimonio pasó a vivir a México. Contaba divertida que esperaba encontrarse a los mexicanos a lomos de sus caballos lanzando el lazo. México la acogió con calidez, y pronto su círculo de amistades se amplió. A los tres años de su llegada a México, el matrimonio se separó. Leonora no participaba del gusto de Renato hacia las corridas de toros, “horrible representación de la crueldad hacia los animales por parte de bailarines crueles”. Este esperpéntico espectáculo, fue representado por Leonora en varias de sus obras. Pese a la condición de poeta y cultura finísima de Renato, la pintora se aburría de sus conversaciones insustanciales, denostando particularmente las groserías con las que se dirigía a ella.

Más adelante, contrajo matrimonio con fotógrafo de origen húngaro Emerico “Chiki” Weisk. Con él mantuvo una relación de más de cincuenta años, de la que nacieron dos hijos. Chiki vivió la guerra civil española como corresponsal de guerra, coincidiendo con Robert Cappa. A Chiki le debemos que buena parte del testimonio gráfico de los horrores de la guerra española no fuera destruido, al ponerlos a buen recaudo en Marsella. Fue un profesional comprometido con la causa antifranquista y antifascista. Cruzó el Atlántico de regreso en el mismo barco que Levi Strauss. La condición de judío de Chiki, permitió a Leonora conocer esta religión, incorporando en su pintura la iconografía judía.

Cuentan sus hijos que el arte formaba parte de la cotidianidad de Leonora. Interrumpía su quehacer en el lienzo para preparar la comida o separar a los hermanos en sus riñas, retomando la pintura acto seguido.

Preguntada sobre sobre el amor, Leonora respondía que el amor más importante es el profesado hacia los hijos, porque no cesa, “no como los otros, que se son como una borrachera que se pasa tras un dolor de cabeza”. Leonora veía a los hombres con cierta infantilización, en busca de pareja que les atendiera en la vejez. Así es como los representa en su obra “Los amantes”.
Siempre profesó un enorme amor hacia los animales, particularmente los caballos, a los que pinta de todas las maneras posible, incluso congelados. Pero también incluye en sus representaciones a otros animales, como la denostada hiena, a la que ni siquiera Noé quiso salvar del diluvio. Consideraba al ser humano un animal más, en ocasiones, capaz de causar horribles daños al resto de animales.

México se convirtió en el refugio de miles de españoles que huían del régimen franquista y el nacismo, entre los cuales se encontró Remedios Varo. Esta catalana de frágil salud desde la infancia, había encontrado en los dibujos y pinturas surrealistas la válvula de escape de la realidad. Su arte y escritura, se alimentaron con la influencia de Dalí, Joan Miró, Marx Ernst, André Breton, Frida Khalo y Leonora Carrintong. Ambas mujeres entablaron una fuerte y fructífera amistad. No obstante, es observan diferencias en las obras de ambas pintoras, siendo la de Varo, mucho más perfeccionista y decorativa que la de Carrintong. Reivindicativas del papel de la mujer en la sociedad, Octavio Paz bromeaba llamando “brujas” a estas dos europeas en la moralista México.

La exitosa actriz María Félix también se contó entre las amistades de Leonora. La desbordante belleza racial de María, quedaba no obstante a un segundo nivel frente a la belleza física e intelectual de Leonora. 

La escritora Elena Poniatowska, galardonada, entre otros, con el premio Príncipe de Asturias, contó con la amistad de Leonora. Si bien eludía en lo posible entrevistas a medios de comunicación, Leonora sí desgranó detalles de su vida y su pensamiento a Elena, quien redactaría posteriormente su biografía. 

Leonora se encontraba muy apegada al mundo estudiantil, pese a los infundios vertidos sobre ella por la ex mujer de Octavio Paz. Temiendo que se desatara la enemistad sobre ella y su obra, se vio de nuevo tentada por la idea de huir. Pero en México había encontrado la paz que siempre buscó. En esta ciudad falleció a los 94, víctima de una neumonía.

México no solo fue su hogar durante más de sesenta años, también alberga hoy en día gran parte de su obra en el Museo de Arte Moderno.

¿Fue feliz Leonora? No lo sabemos, pero sí me atrevería a decir que vivió la vida intensamente, pese a que ella dijera tener una existencia “aburridamente normal”. La clarividencia sobre las consecuencias de las atrocidad de las que es capaz el ser humano en las guerras, la llevó a ser declarada demente. El concepto de huida está impregnado en su mente: de sus padres, del nacismo, de la institución psiquiátrica y de cualquier tipo de autoridad. No perdió la sensibilidad ni el sentido crítico, lo que no fue inconveniente para que sus alas se abrieran a una dimensión onírica. “Ser mujer es extremadamente difícil”, “con mucho cabrón trabajo” y reía.

María Gonzaga
28 de octubre de 2018

Bibliografía:


Documental “Leonora Carrintong”, producido porJavier Martín-Domínguez.
"Leonora". Elena Poniatowska. Ed. Seix Barral.