Lita Cabellut, sensibilidad poética con granos de sal.

Pocas vidas son tan fascinantes como la de Lita Cabellut, claro ejemplo de resiliencia, propio de una novela de Dickens.

Nació en la pequeña localidad oscense de Sariñena en 1961. Nunca llegaría a conocer a su padre y poco disfrutó de su madre, de etnia gitana, que ejercía la prostitución y que pronto la abandonó. La pequeña se crio con su abuela en Barcelona, sin apenas acudir al colegio. Y es que las necesidades económicas la abocaron a la mendicidad, al tiempo de que en el colegio fue relegada por su dislexia. No era infrecuente verla deambular por La Rambla, la Plaza Real o el Mercat de la Boquería en búsqueda de las monedas que le pudieran dar turistas o viandantes. A la edad de diez años perdió también a su abuela, por lo que fue internada en un orfanato. Tres años más tarde fue adoptada por una familia acomodada catalana, gracias a lo cual conoció lo que es una familia. Familia con la que tuvo la posibilidad de viajar a Madrid poco tiempo más tarde de la adopción. En la capital de España tendría el descubrimiento que le cambiaría la vida para siempre: el Museo del Prado. Pese a no contar con formación artística alguna, la niña conectó naturalmente con la magia de los grandes maestros, como Velázquez, Goya o Rubens. Maravillada ante Las Tres Gracias de este último pintor, dijo a su madre adoptiva que quería ser pintora. Rubens le transportó a un edulcorado mundo de colores, muy al contrario de las aciagas pinturas de Goya, que pintaba una realidad que bien conocía Lita, la de los menos afortunados por la Diosa Fortuna. Años más tarde, la artista manifestó su admiración por el genio de Fuendetodos por “su implicación social y su inteligencia y por dejar testimonio de lo que no debemos repetir”. También añadiría que “siempre digo que a mí la vida me parió dos veces. Físicamente y espiritualmente en el Prado. Los genios del Prado son parte de lo que soy”.

A su regreso a la casa familiar de Masnou, aún sin leer ni escribir, la pequeña encontró una forma más directa y libre de expresión a través de los pinceles. Para ello, habilitó un pequeño estudio en el garaje de la casa y comenzó a recibir clases de Miquel Pena, un prestigioso maestro fauvista. La amplia paleta de colores con la que trabaja hasta hoy en día, en buena parte se debe a él.

Cuando contaba con diecinueve años, Lita se mudó a Amsterdam, donde fue becada en la academia de arte Gerrit Rietveld tras dos intentos de acceso. Tuvo posibilidad de estudiar de cerca las grandes obras flamencas, al tiempo que desarrollaba su personal estilo seducido por la luz de Holanda, de la que dijo que permitía ver los colores como a través de un cristal.

La obra de Cabellut se enclava en el fotorrealismo del retrato, quebrado mediante fuertes pinceladas y/o el craquelado al poco de finalizarse, como seña del paso del tiempo que rompe la belleza. Sus obras nos recuerdan a Bacon y Freud, de quienes se considera admiradora por su deseo de mostrar “el lado más olvidado de la sociedad”. En los lienzos de Cabellut vemos prostitutas, mendigos, personas enfermas, víctimas en definitiva de las zarpas de un destino cruel. Historias de soledad, dolor, angustia, pero también de esperanza. Con gran sensibilidad poética, la artista nos enseña que la belleza se encuentra en la simplicidad, la imperfección y la fragilidad. En palabras de la pintora: “Pinto lo que me importa, lo que me quita el sueño, lo que me conmueve me gusta y me hace feliz. Muchas veces la simplicidad de la gente. Me gusta fijarme cuando salgo del supermercado quién está fuera esperando a que le den una limosna, e imaginarme que podríamos hacer para que esta persona pudiera tener mejores condiciones. Son las cosas que me importan”.

Desarrolla su trabajo en su enorme estudio, dentro de su propio domicilio, y que antaño fue una carpintería. La soledad del trabajo frente al lienzo la cubre con la música de Camarón, de quien realizó una serie de retratos para los que posó el hijo de la artista, Arjan. Afirma que el cantaor gitano fue para ella un maestro en tanto que el arte es aquello que surge de dentro, conmoviendo y acariciando el espíritu. “Haciendo incluso que lo que duele, se haga bonito”.

En su taller trabajan varios ayudantes hombres, ya que las colosales dimensiones de sus obras requieren de una fuerza que ella no posee para disponer el lienzo según vaya siendo preciso. El concienzudo trabajo que desarrolla Cabellut requiere de una cuidadosa preparación del lienzo. Son precisas numerosas capas, a modo de “pieles” que necesita su obra antes de comenzar a pintar. La textura del lienzo aporta mucha información sobre el mensaje a transmitir y condiciona lo que para la artista es el portal al interior del retratado: su piel. Las señas de nuestra piel nos indican de forma palpable si se hemos reído mucho, si hemos pensado demasiado o si hemos sido coherentes con nosotros mismos. La luz en el trabajo lo es casi todo, como lo remarca en sus potentes claroscuros. Fundamental es también la mirada, porque esta no engaña. Sus retratos pueden considerarse sociológicos, psicológicos y casi psicoanalíticos porque pinta lo que le enternece o le asusta, sin inventar personajes, interesada tan solo en  compartir lo que ve.

 El trabajo de Lita Cabellut se realiza en series temáticas, involucrando en el proceso creativo a  su familia y amigos. De esta forma se deciden quienes serán  determinar quiénes serán los retratados adecuados a línea que marca la serie, acudiendo en ocasiones a localizar modelos a empresas especializadas, buscando en realidad a “contra-modelos”.

La obra de Lita Cabellut es multidisciplinar, abarcando la pintura, la escultura, la fotografía, el video y performance. Su trabajo ha sido expuesto en diversas ciudades de todo el mundo, como La Haya, Hong Kong, Seúl, Singapur, Madrid, Venecia, Londres, Dubai y Nueva York, entre otras. Su trayectoria le ha hecho merecedora de numerosos galardones internacionales de reconocido prestigio. Así por ejemplo, Artprice, la principal base de datos del mercado del arte, la incluyó en 2015 en la lista de los 500 artistas contemporáneos más cotizados del mundo. Poco dada al auto-ensalzamiento, la artista resta importancia a este hecho, atribuyéndolo al enorme trabajo y a estar en el momento justo en el lugar preciso. Reconoce la importancia de tener un buen marchante, que ha defendido su trabajo y ha respetado su ritmo de producción artística.

No alejada de la realidad social de los menores en situación de riesgo que ella misma padeció, la artista apadrina y subvenciona la fundación Arnive.

María Gonzaga

11 de julio  de 2020

Bibliografía consultada:

https://litacabellut.com/

https://www.rtve.es/alacarta/videos/cronicas/cronicas-lita-cabellut-lenguaje-colores/3967506/