"Los cuatro dictadores", 1963. Eduardo Arroyo, "confieso que he vivido".

Óleo sobre lienzo. 235 x 140 cm cada pieza.
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Eduardo González Rodríguez, alias Eduardo Arroyo (Madrid, 1937 – 2018).

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Aludiendo a la frase de Neruda, Eduardo Arroyo confesaba haber vivido, y añadía, también haber bebido. Disfrutó de la vida y pudo ser tildado de provocador, si bien probablemente era más reaccionario que provocador. Sin duda, una persona clave en la cultura española de los últimos cuarenta años. Se consideraba un saltimbanqui, que saltaba de una a otra cosa, buscando divertirse por todos los medios, como el del disfraz. Se confesaba obsesionado por el rostro, pues lo consideraba el paisaje más atrayente posible, analizando con minuciosidad las caras de las personas con quienes se cruzaba con la calle.

En un Madrid gris bajo el humo de la guerra civil, nació Eduardo González Rodríguez, más adelante conocido como Eduardo Arroyo en medios profesionales. Pertenecía a una familia burguesa, sostenida por la farmacia que regentaba el padre en la calle General Castaños, quien en realidad tenía una vocación mayor: el teatro. Diariamente acudía a representaciones teatrales y escribía libretos de representaciones. Fallecería por una caída estando en el teatro de la Zarzuela. Si bien el padre era de ideas conservadoras, la familia materna, con orígenes en los montes de León, mantenía ideología republicana y laica, logrando que los hijos de la familia acudieran al Liceo francés, laico. Fue mal estudiante, hasta el punto de que fue expulsado con catorce años. A partir de ese momento, iría a otro colegio, en el que acababan los expulsados.

La adolescencia transcurrió en la madrileña calle Argensola, junto a su madre y su hermana, con continuas visitas a la casa de los abuelos en la calle Ibiza. En verano la familia regresaba al pueblo leonés. Entre las diversiones del pequeño Eduardo, destacaba la del dibujo. Realizaba continuos retratos y caricaturas de familiares, amigos y profesores. Consideraba que el dibujo sería un complemento a la profesión que deseaba ejercer, la de escritor. Al igual que otros amigos del grupo, se sentía atraído por la literatura americana, Faulkner por ejemplo, por beber de la vida real y cotidiana. Acudía como oyente al famoso café Gijón, en el que se maravillaba con las conversaciones de los que habían viajado al exterior, como a París y Nueva York.

En su deseo de llegar a ser escritor, consideró que un buen inicio sería convertirse en periodista, al igual que antaño realizaron John dos Passos y Ernest Hemingway. Secuenció estudios con su trabajo en la revista Pueblo, en la que eran publicadas sus viñetas. Tras concluir el servicio militar, con veintiún años, emigró a París. No se trataba en realidad de una huida del régimen dictatorial de Franco, sino más bien aburrimiento de una España militar, clerical y aislada del mundo.

En París encontraría el primer problema, la auto-subsistencia, para lo cual le fue de enorme utilidad el dominio del francés que adquirió en sus años de colegio en el Liceo. París le despertaría la conciencia política y le descubriría como pintor. Pronto formaría parte de un círculo artístico y expondría en el Salón de la Joven Pintura. En el grupo no existía como tal un líder, la jerarquía la otorgaba su dominio frente al lienzo. Sus obras eran figurativas narrativas, incorporando literatura en su mensaje, en un París en el que la vanguardia tendía hacia la abstracción. Con cierto aire pop, el trabajo versaba sobre temas literarios y políticos, una Historia de España desde el exilio, un español ilustrado. Evitaba caer en los tópicos, los juicios fáciles, lo que denominaba la “españolada trapera”. Durante aquella etapa, trabajó a cuatro manos junto a otros colegas europeos, desarrollando un estilo propio, en el que cuenta historias y cuenta La Historia. Junto a los pintores Gilles Aillaud y Antonio Recalcati, pinta la serie de ocho cuadros “Vivir y dejar morir”, o “El fin trágico de Marcel Duchamp” (1965), en la que se mostraba el asesinado de Duchamp. Según una encuesta de la época, Duchamp se coronaba como el artista más influyente, por delante de Pablo Picasso, y el grupo de Arroyo pretendía salvar la pintura de lo que consideraban una desesperante frivolidad. Huían de la idea de ser artista sin trabajar, de que meter una lata en un museo fuera considerado arte, por lo que decidieron “matar al oportunista gurú” de forma figurada.

Pintaría también la serie de cuatro cuadros “Los dictadores” (1963) que precede este artículo. Empleando un gran formato, representa a Franco, Hitler, Mussolini y Salazar con las vísceras fuerza. Signo de su preocupación política por los regímenes totalitarios y asesinos, pero probablemente también por afán de integrarse en la sociedad parisina. Quizá por ello, siempre figuraba impecablemente vestido. “Cuando me llaman pequeño burgués, lo único que puedo responder es que no deseo ser pequeño”. Desarrolló odio visceral hacia las dictaduras, entregándose con sarcasmo a la esgrima intelectual contra extremismos tanto de izquierda como de derecha.

Formó parte del grupo de artistas más interesados en hacer política que en vender cuadros, casi ocultando las ventas en pro de una imagen romántica de “malvivir”. Vivió el mayo del 68, el que el Estado francés salió reforzado. Más adelante se mudaría a Italia, residiendo en varias ciudades como Milán y Positano, donde sería miembro del círculo de intelectuales comunistas italianos y donde contrajo matrimonio en dos ocasiones. Decía ser un cócktel de educación española, francesa e italiana.

A principios de los años 60, parte de su obra sería expuesta en la galería Biosca de Madrid. Tanto la censura como el miedo del galerista, hicieron que los cuadros apenas fueran mostrados unos días.

En los años 70, Arroyo se plantea regresar a España. En 1973 sería detenido en Valencia bajo los cargos de falsificación de pasaporte y de realizar cuadros contra el régimen del dictador Franco. Sería trasladado a la Dirección General de Seguridad, en la madrileña Puerta del Sol ni más ni menos que por Billy el Niño, de muy infausta memoria por las torturas que infringía a sus detenidos, por su ideario político en su mayoría. Narra el pintor que por la mañana, el torturador lo recibió con traje y corbata, pero por la tarde, mudó a su traje de trabajo: el chándal. En las largas horas que duró el cautiverio, Arroyo no cesó de hablar, algo que dice haberle salvado de la tortura. Su amigo, el abogado Gregorio Peces Barba logró que fuera liberado y emigró de nuevo a París.

En 1977 muerte Franco, y le es devuelto el pasaporte a Eduardo Arroyo, pero no regresó en ese momento a España. Se encontraba realizando importantes trabajos en Berlín y Venecia. Cuenta que los cinco años que tardaría en regresar a su país, le impedirían vivir un acontecimiento fundamental en la Historia de España: la transición. Trató de integrarse rápidamente en España, algo que consideraría como conseguido cuando finalizara el primer cuadro. Así lo hizo en su domicilio de Madrid, en el barrio de Los Austrias.

Continuó cosechando éxitos internacionales, como en la exposición realizada en el Museo Pompidou (París) en 1980. En la década de los ochenta, desarrollaría una extensa serie titulada “Toda la ciudad habla de ello”, en la que su paleta se torna hacia tonos más oscuros y apagados, con personajes en penumbra y desolación. En 1982, sería condecorado con el Premio Nacional de Artes Públicas.  

De su anterior estancia de seis años en Milán, surgió amistad con un reputado director de orquesta que recurrió a Arroyo para encargarle la coreografía de memorables obras representadas por toda Europa como Tristán e Isolda, Madame Bovary, etc.

El pintor lograría su sueño de ser escritor en los años ochenta. Su primer libro fue una biografía de Panamá Al Brown, púgil americano, negro y homosexual, un dandy sobre el cuadrilátero. Escrito con rigurosidad propia del periodismo, incluye retazos de vida entre sus líneas. En su extensa biblioteca, se incluían numerosas biografías y ensayos sobre el mundo del boxeo, del que el pintor era ferviente seguidor. Decía ver paralelismo entre la lucha entre los contendientes y la del pintor frente al lienzo, de la que decía, resultar él perdedor. Por ese motivo, por la sensación de haber perdido la batalla, Arroyo no conservaba apenas cuadros propios. El boxeo pero también la tauromaquia, eran los principales hobbies del pintor. Esta última la conocería de la mano de su abuelo, a quien acompañaba en su infancia a la plaza de las Ventas.

Publicaría también “Sardinas en aceite”, en el que no elude referencias con nombres y apellidos que provocaron el escándalo, “Al pie del cañón”, una guía del museo del Prado y “El trío calaveras: Goya, Benjamin y Byron”, en el que Arroyo une los caminos de persecución, exilio y muerte del pintor, el filósofo y el poeta.

Curioso por naturaleza, necesitaba salir de la pintura para ejercer otras actividades, y así poder retornar a los pinceles con fuerzas renovadas. Desarrolló la escultura, la cerámica, coreografías, escritura, … ya que consideraba que no debía llevar una bola atada del talón con la “P” de pintura. En sus Memorias, admitía la transición de su pintura, desde una inicial obsesión por España hasta un arte más íntimo. Decayó su visceralidad hacia regímenes totalitarios, pero no dejaba de sacar el hacha ante situaciones absurdas. Arroyo fue un melancólico sarcástico, no tanto deprimido como excéptico, ya que siempre mantuvo una gran intensidad. Divertido, ácido, optimista y “disfrutador” de todo.

En el año 2011 participó en la exposición colectiva con su amigo y colega Luis Gordillo. Ambos posaron en la inauguración de la muestra caracterizados de Mickey Mouse y de payaso. Godillo conoció la obra de Arroyo en la galería Biosca en los años 60, en la que mostraba los mariscales con sus vísceras al aire, y a partir de ese momento siguió tanto su obra como su personaje.

En el año 2012 exhibió en el Círculo de Bellas Artes sus objetos más personales, en una exhibición titulada “Bazar Arroyo”. En ella, no faltaban las moscas, con las que estuvo obsesionado desde la infancia, sobre las que decía que encontraban el paraíso en España y que le recordaban las calaveras. La exposición se completaba con un largometraje de veinticuatro horas en las que su amigo Alberto Anaut lo entrevistaba. El film constituye un testamento impagable, en la que narra su visión sobre el franquismo, el mayo del 68, la restauración de la democracia, el arte, … No en vano Josep Bou diría que la mejor obra de arte era una buena conversación.

La Fundación Juan March de Palma de Mallorca acogió una exposición sobre la obra del pintor. Integraba tres autorretratos en los que Arroyo se mostraba triste. Manifestó que su deseo habría sido crear el cuadro para inmediatamente destruirlo. En cambio, lanzó sobre ellos un litro de aguarrás, de forma que el cuadro comenzó a llorar.

En 2015 a causa de una operación, el pintor perdió la voz, una tragedia para quien amaba la conversación. Su vida social decaería, pero no así su producción artística desde la casa familiar del pueblo leonés de los veranos de su infancia. Quedarían aún varias exposiciones por realizar, como la que tuvo lugar en el sur de Francia, una retrospectiva de su trabajo con cerca de doscientos lienzos, o la que albergó el Museo de Bellas Artes de Bilbao bajo el título “El retorno de las cruzadas”. En esta última, cabe comentar la obra “La víctima de la fiesta”, en la que Arroyo homenajea al pintor guipuzcoano Zuloaga. Nos recuerda a un Don Quijote que transita por una España con melancolía, anacrónico a las circunstancias.

Arroyo se consideraba español, pero no de los que se envolvían con la bandera. A su vez, sintió reconocimiento hacia la cultura francesa, ya que buena parte del pensamiento ilustrado, provenía de Francia.

A los ochenta y un años, moría Eduardo Arroyo a los pies de su amada sierra leonesa. Poco antes, al ser preguntado sobre su propia muerte, respondió “¿qué será de mis pasiones cuando yo muera?”. 

María Gonzaga

5 de abril  de 2020 

Bibliografía consultada:

 “Eduardo Arroyo, afrancesado y apasionado de España”,reportaje de Modesta Cruz para Radio Nacional (“Documentos”).

“Eduardo Arroyo”, por Eduardo Arroyo y Laura A. E. Suffield. Ed. Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, S.A.