"Los desposorios de la Virgen", 1504. Rafael.

Óleo sobre tabla. 170 * 118 cm.
Pinacoteca de Brera. Milán, Italia.

Rafael Sanzio (Urbino, Italia, 1483 – Roma, Italia, 1520).

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En un primer plano asistimos al rito del desposorio de la jovencísima Virgen María, de tan solo catorce años, con San José, según lo narrado en la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, basada a su vez en el evangelio apócrifo de Mateo. La leyenda cuenta que tras acordar que la muchacha se casara, lo hiciera con el candidato elegido según indicación divina. Para ello, cada pretendiente depositó su vara sobre el altar. Aquella vara que floreciera, sería la que designara quién sería el marido de María, resultando ser José, un viudo que ya contaba con descendencia. Probablemente el milagro obró sobre él por su condición de anciadad, a fin de garantizar la virginidad de la joven.

A la izquierda del cuadro, presencian el acto las doncellas de Judá con afectados gestos. A la derecha, se encuentran los pretendientes de María, ataviados con ropajes cuatrocentistas de los típicos calzones, que con mal perder, rompen sus varas y ponen sus manos sobre la espalda de José. Los personajes muestran estereotipadas fisionomías bajo el influjo del maestro Perugino. De hecho, la obra es una reproducción de la que Perugino realizó para la Catedral de Perugia (óleo, 1501-1504) y la Capilla Sixtina (“Entrega de las llaves de San Pedro”, fresco, 1481-1482).

El punto de fuga de la composición se encuentra en la puerta de entrada del templo clásico de planta circular, en cuyo arco principal el artista firma y fecha la obra. La puerta de atrás del templo, otorga la sensación de profundidad del paisaje del fondo. Para Rafael constituyó una obsesión el ideal de belleza arquitectónica, realizando la composición bajo técnicas matemáticas. Así podemos observar que si expandimos en sucesivos rectángulos ampliados el rectángulo de la puerta del templo, acaban encajando en ellos las distintas partes de la obra. Por otro lado, la línea horizontal sobre la que se sitúa la puerta, divide la obra en dos partes de prácticamente el mismo tamaño.

Rafael constituye el resultado de una larguísima evolución de la pintura italiana del Renacimiento. Hijo de un modesto pintor de Urbino, el pequeño Rafael ayudaba a su padre en los encargos que este recibía. Aunque no está perfectamente documentado, pero sí parece que complementó su aprendizaje artístico recibiendo clases de otros talleres, como el del pintor Timoteo Viti, discípulo de un artista boloñés conocido como Il Francia, que a su vez aprendió en la escuela de Leonardo y de los primitivos venecianos. El estilo francés marca el sello de sus primeras obras, en las que el pintor dota de generosas formas a sus personajes con idealizada belleza. El historiador Giorgio Vasari (1511 – 1574) nos cuenta que el ante la natural pericia del joven pintor, su padre solicitó que formara parte del alumnado del genial artista Perugino, uno de los primeros artistas en emplear la pintura al óleo en Italia. De Perugino aprendió Rafael la perspectiva, la composición, la observación psicológica de sus retratados y técnicas de utilización del pigmento y el médium, superando el alumno indiscutiblemente a su maestro.

Dirigió un taller con numerosos colaboradores, que ejecutaban parte de sus obras, lo que en ocasiones hacía que la calidad final no fuera la esperada.

Rafael Sanzio falleció a los treinta y siete años, la noche de Viernes Santo, el mismo día en que nació. Pese a su corta existencia, su maestría técnica nos ha dejado una prolífica obra que en su mayor parte cuelga de los Museos Vaticanos.

María Gonzaga

28 de junio  de 2020 

Bibliografía consultada:

“Rafael”. Christof Thoenes. Ed. Taschen.

“El Renacimiento. El Cinquecento”. Ed. Salvat.

“Pinacoteca di Brera”. Ed. Skira.