Luminismo, la captura de la luz.

Una definición no academicista de luminismo, sería la pasión de los artistas por representar la luz y el efecto de resta sobre las cosas que nos rodean.

Aunque relacionados, debemos distinguir el luminismo del impresionismo. En el primero, la pincelada es suelta, pretendiendo captar la imagen con detallismo descriptivo, un acabado depurado y colores brillantes. El impresionismo tiene como objetivo captar “la impresión” del instante preciso, por tanto la ejecución es briosa, no se busca el detalle, ya que el cambio de luz, hace distintos los sujetos y objetos sobre los que recae.

La corriente luminista nació hacia mitad del siglo XIX, encontrándose claros exponentes en Estados Unidos, Francia, Bélgica y España.

El luminismo americano tiene como principal representante al pintor Fitz Henry Lane. Las obras de este paisajista, de temática marítima en su mayor parte, emanan quietud, armonía y detenimiento del tiempo, embargando la composición de una fuerte visión poética.

En Francia, la tendencia encontró su seno en la Escuela de Barbizon, con insignes fundadores como Théodore Rousseau, Jean-Baptiste Camille Corot, Jena-François Millet y Charles-François Daubigny, que derivarían en el impresionismo. Se promovería una pintura del natural en el exterior, frecuentando el bosque de Fontainebleau y los alrededores de Barbizon.

En el luminismo belga encontramos a Emile Claus, una de cuyas obras figura en la imagen de este artículo, “Vacas cruzando el Lis”. Imágenes campestres rebosantes de optimismo y alegría caracterizarían la obra de Claus, claramente influenciada por la corriente francesa.

En España, Joaquín Sorolla encabeza la relación de artistas “cazadores de luz”. Sus lienzos nos regalan luz a raudales del Mediterráneo, reflejada en las olas que lamen la costa, en la piel húmeda de los niños jugando, los vestidos de las tejedoras de redes pesqueras o que penetran a través de las esteras que cubren terrazas valencianas.

 

María Gonzaga

1 de julio de 2019