Mark Rothko.

Mark Rothko (Letonia, 1903 - EEUU 1970).

Hace aproximadamente veinte años, la Fundación Juan March (Madrid) organizó una exposición sobre el pintor letón Mark Rothko. Recuerdo que acudí a visitarla considerando que probablemente perdería el tiempo, porque ese tipo de pinturas "las hace incluso un niño".

No obstante, lo que recibí fue una lección de humildad. La vivencia, en este tipo de obras es imprescindible, nada que ver con contemplarlo en un libro. Gracias al guía que explicaba cada obra, cuidando que el número de asistentes fuera muy limitado, sin prisa alguna, la acertada dosis de luz de las respectivas estancias y un hilo musical embriagador aunque apenas perceptible, se crearon las condiciones idóneas para que aprendiera a ver con mirada adecuada y madura. Sentí el hechizo de la profundidad sedosa de unas intensidades cromáticas que nunca antes había contemplado. Entendí que se trata de obras que al contemplarlas, nos sirven de medio para contemplarnos a nosotros mismos de una manera casi mística. Pasé de estar "frente" a la obra a estar "en" la obra.

Enfrentarse a los enormes lienzos, casi murales de tres metros de altura, y no pensar en nada más, obran el milagro. El pintor sugería contemplarlo a una distancia de 45 cms tal y como él lo veía cuando lo gestaba, de esta forma no solo vemos el cuadro sino que nos sumergimos en él. Según el grado de concentración y sensibilidad de cada espectador, golpeará un sentimiento u otro.

El formato habitual de los cuadros de Rothko, salvo en las grandes pinturas murales de los años 60, es el rectángulo. Dentro del mismo, se hallan dos rectángulos horizontales desiguales en cuando tamaño, siendo el superior mayor que el inferior. Existe una doble expresión: la cromática (expresiva) y la formal (geométrica). El pintor se sirve de veladuras para que los contornos de los rectángulos sean difusos, como si flotaran sobre el fondo monocromo. De esta forma hace que nuestra mirada se deslice por la obra sin sobresaltos, solo apelando a los sentidos y no al intelecto. De una forma sencilla, la fuerza emocional del color nos puede transportar en medio de un calmo mar donde sentimos libertad y conexión con nosotros mismos, o nos puede recordar una ardiente pasión o una alegría vibrante y despreocupada.

En estos cuadros no hay anhelo del Paraiso o de la adivinación”, “la gente me pregunta si soy budista zen. No lo soy. Todo el problema del arte consiste en establecer valores humanos en esta civilización específica” (“Writtings, pág 143).

El pintor alteró la tradicional forma de imprimación del lienzo para conseguir este efecto místico del color. Habitualmente, el lienzo se prepara con una imprimación de gesso/"cola de conejo". Este material se elabora con la piel, huesos y cartílagos de conejo, que son hervidos a 60ºC durante horas hasta obtener una pasta gelatinosa que una vez enfriada, se aplica al lienzo. Conviene aplicar dos capas, dejando secar entre la primera y la segunda, para que el lienzo quede perfectamente tenso. La siguiente parte del proceso consiste en aplicar una capa de fungicida que preservará de la putrefacción del material y los óleos. Rothko, tras aplicar una capa líquida de gesso, sin dejarlo secar, aplicaba inmediatamente la pintura diluida en trementina. De esta manera solidifica la cola de conejo con el color, difuminando el resto del paso del pincel. Esta vanguardista técnica tenía la contrariedad de que los colores no gozaban de gran resistencia al efecto de la luz, motivo por el cual ocurre que los rojos acaban en tonalidades azuladas si las obras no son cuidadosamente expuestas.

Hacia el final de su vida, la obra de Rothko torna hacia colores oscuros, anunciándonos el fin del camino del artista y del hombre. El negro, violeta y granate van reemplazando los iniciales rojo, amarillo y naranja.

Rothko no nombró sus obras, quería de esta forma que el espectador tuviera una relación "pura", no limitativa, con la obra, dejando al receptor la posibilidad de darle la interpretación que la obra le transmitía.

Al ser preguntado por cierta similitud geométrica con Mondrian, Rothko sentenció: “él divide el cuadro, yo pongo cosas en él” (“Writings”, pág. 78). Se trata de otro concepto que excede la práctica pictórica (de la que no está exenta). “No son cuadros”, respondió a la escritora Doré Ashton, y es que no fueron concebidos con la idea de ser colgados de un salón, sino una parte más de la realidad que tratamos de aprehender.

Concluyo con la siguiente reflexión del artista: "Y si he de depositar mi confianza en algún sitio, la otorgaría a la psique del observador sensible y libre de las convenciones del entendimiento. No tendría ninguna aprensión respecto al uso que este observador pudiera hacer de estas pinturas al servicio".

Y es que, vemos lo que somos ...


María Gonzaga

1 de marzo de 2019

Bibliografía:

"Pintura al óleo: Reglas, fundamentos técnicos y recetario". Miguel Fernández, 

 "Rothko". Jacob Baal-Teshuva. Ed.

"Sacrificio y creación en la pintura de Rothko". Amador Vega Esquerra. Ed. Siruela.