Maruja Mallo, expresionismo femenino.

Maruja Mallo (Viveiro, Lugo, Galicia, 1902 – Madrid, 1995). 

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Maruja Mallo nace en una pequeña localidad costera de Galicia, si bien pronto la familia se traslada a Madrid por exigencias laborales del padre.  Maruja  ingresa en la Escuela de Bellas Artes de la “ciudad alegre y confiada” que era entonces Madrid. Coincidiría con Salvador Dalí, quien cautivado por su versátil conversación, la introduciría en el círculo intelectual de la época, con insignes miembros como el cineasta Luis Buñuel y el poeta Federico García Lorca. Su precocidad artística le llevó a acaparar el interés de Ortega y Gasset, director de la revista Occidente. Ortega promovería una exposición de la aún estudiante de arte, quien contaba con ilustres profesores como Cecilio Plá y Romero de Torres entre otros.

Su talento la hizo merecedora de formar parte de la “cofradía de la perdiz” cuyo juramento consistía en tomar limón conjugado con azucarillos que administraba Lorca. El grupo se reunía los sábados para tomar perdiz, desarrollando una perdurable amistad. Contaba Maruja que la exigencia social exigía portar sombrero, algo que Dalí, Lorca y Buñuel y ella decidieron contravenir una tarde. El atrevimiento les costó ser apedreados e insultados al cruzar la madrileña plaza de la Puerta del Sol madrileña, debiendo refugiarse en el interior del suburbano. En otra ocasión, el grupo acudió a escuchar cantos gregorianos en el monasterio de Silos, algo que inicialmente se les prohibió a Maruja y una amiga por llevar falda. Resolvieron prontamente con las chaquetas de Lorca y Buñuel, al ponérselas ambas a modo de pantalón. Divertida, decía Maruja que de esta forma ellas crearon en género “trans” invertido. Desconocían los miembros de este grupo la trascendencia que su trabajos tendrían en no mucho tiempo.

La estancia de la pintora a Canarias, fascinó por la coloración de sus islas. Este influjo se vería representado en elementos de sus obras rotativas: el carrusel, los volantes, los sombreros, los molinillos de viento y los mantones de manila que posteriormente representaría en sus verbenas.

Maruja participaría de las tertulias intelectuales de la capital madrileña. No le eran ajenos lugares como la cafetería Pombo, la Mirlo Blanco regentada por Pio Baroja, Gato Negro por Azorín y Benavente, la Granja de Benar donde parlamentaban Valle Inclán o Lorca, y la cervecería de Correos presidida por Pablo Neruda. Neruda crearía un nuevo lugar de encuentro en una residencia de estudiantes, la Casa de las flores, donde atesoraba las máscaras que el poeta trajo de la Isla de Java y con las que jugaban a representar animales exóticos. Luis Ceruda, Miguel Hernández, Antonio Machado, Miguel de Unamuno o Rafael Alberti, por nombrar solo a algunos, callejeaban por Madrid, generando tertulias a pie de calle.

Ramón Gómez de la Serna gran amigo de Maruja, escribió sobre ella “la única bruja joven que he conocido”, “un brote del genio de España”, “pinta como un estudiante que se prepara para unas oposiciones”. Como representante de la revista de Occidente, Ortega incluiría con puntualidad la obra de Mallo en sus publicaciones.

Con padrinaje tan extraordinario, Mallo organizó diversas exposiciones, con obras sobre las que Lorca diría que eran los cuadros con más imaginación, magia y ternura que había visto.

Gracias a una beca obtenida en el año 1932 para ampliación de estudios, tuvo la posibilidad de viajar a Paris, donde conocería a André Breton. Devoto admirador de la obra de Mallo, el pintor francés le compraría la obra El espantapájaros, donde los elementos parecen flotar, por considerarlo la iniciación del surrealismo. El poeta Paul Éluard también declararía desear adquirir alguna de sus obras, pero sus escasos recursos económicos se lo impidieron. Maruja Mallo se incorporó en los círculos de arte de Montparnasse con facilidad tras el éxito cosechado en una exposición en la capital francesa. Se permitió rechazar el contrato de dos años que le ofreció un afamado marchante de arte, por confiar la artista que los malos vientos sobre España, acabarían pasando sin consecuencias. Maruja conocería a Juan Gris, Pablo Picasso y Joan Miró, cuyas obras le impactaron fuertemente.

A su regreso a España dos años más tarde, compaginaría su trabajo como pintora con la docencia de Arte y la cerámica. Recorrería la sierra madrileña en busca de nuevos motivos pictóricos. Recogería las plantas y restos de animales muertos para ampliar el repertorio de sus lienzos. Esqueletos de lagartos, arbustos agresivos, calaveras de burro o vaca, cardos o espantapájaros evidenciaban la transición de la artista, sin renunciar a los cinco elementos plásticos de la pintura (forma, volumen, estructura, materia y color).

Con la explosión de la guerra civil española, Maruja atravesó Portugal. Dejó atrás su obra pictórica y cerámica, que buena parte, fue destruida por la barbarie que se iniciaba. En el país luso coincidiría con la poetisa chilena Gabriela Mistral, quien le informaría de que estaba siendo perseguida por la policía española. Los embajadores de Chile y México la protegerían hasta que embarcó hasta América rumbo a Buenos Aires. Maruja recorrería el continente de norte a sur, contando como Pigmalión en alguno de sus viajes a su gran amigo Neruda. Ambos navegaron en barquichuelas de dudosa estabilidad, como las que les llevó a Isla de Pascua, donde descubrirían los restos de un pasado indescifrable. En su estancia en Chile, conocería a la familia de Salvador Allende, quien, maravillado por la obra de Maruja, le compró varias obras que descansan en el Museo de Chile. Al catalogarlo de naturalezas muertas, ella replicaba que al contrario, eran vivas. Las hermosas caracolas que el Pacífico deposita en las costas chilenas, le llevarían a iniciar una serie de lienzos con gran reconocimiento.

En 1965 Maruja Mallo regresa definitivamente a España. Su obra continuaría exponiéndose a lo largo de España, Paris, Alemania, Taiwan o México, con elementos como el pozo, el molino, el toro, el olivo, como recuerdos de sus viajes por España. Otros motivos en su obra fueron las bicicletas, que llegaron a prohibirse en una España que se oscurecía por lo que representan de vida, así como maniquíes, símbolo a la vez de añoranza y crítica de época antigua. Renombrados fueron también sus retratos bidimensionales, de frente y perfil.

Creatividad en estado puro, Maruja Mallo cultivó la pintura, el dibujo, la cerámica, la decoración, los murales, las conferencias y la conversación, auto-definiéndose como “veinte almas”, porque cometió, como la definió María Zambrano, “uno de los errores más destructivos e imperdonables: ser libre”.

María Gonzaga

1 de marzo de 2019

Bibliografía consultada:

Maruja Mallo. José Luis Ferris.

Entrevista “A fondo – Maruja Mallo”, Joaquín Soler Serrano.