"Mujeres frente al mar". 1953. César Manrique, arte y naturaleza.

Monotipo/papel. 44 x 53 cm.

Museo Estatal Ruso. San Petersburgo, Rusia.

César Manrique Cabrera (Arrecife, Las Palmas, 1919 – Tahiche, Lanzarote, 1992).

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El 2

4 de abril de 1919 nace en Arrecife, Lanzarote, César, el primero de los cuatro hijos del matrimonio Manrique Cabrera. Minutos más tarde, lo haría su hermana, con quien decía no tener demasiadas características en común. Su padre se dedicaba a negocios de importación y exportación, actividad sobre la que César nunca mostró interés alguno. Con la madre la relación fue muy íntima y cercana por el contrario. La infancia transcurrió de forma feliz, particularmente durante la época estival, que la familia pasaba en el norte de la isla. Bañarse en el mar, pescar, dibujar en la arena de la playa fueron los principales entretenimientos del pequeño César, quien ya comenzó a apreciar la belleza de la naturaleza que le rodeaba. “Recuerdo las estrellas de la noche, correr por la playa, la belleza de los peces”. La influencia de la naturaleza se vería reflejada en su obra más adelante.

Fue mal estudiante, ya que tan solo ponía atención a la asignatura del dibujo. Mientras se impartían otras disciplinas, César garabateaba sus cuadernos haciendo retratos de compañeros y profesores. Deseaba aprender pintura algo a lo que se negaba su progenitor, más interesado en que sus hijos se dedicaran a profesiones menos bohemias.

Al estallar la Guerra Civil española, César se inscribió como voluntario en el bando nacional. La experiencia vivida posteriormente, le marcaría profundamente. Siendo como era un enamorado de la vida, no entendía buscar la muerte de otros. Al finalizar la contienda, quemó su uniforme militar en la azotea de la residencia. Apenas habló sobre la guerra posteriormente.

La presión paterna por los estudios, le llevó a inscribirse como aparejador en Tenerife, aunque el rechazo que experimentaba hacia las matemáticas, le llevó a abandonar los estudios. A escondidas, continuaba pintando, llegando incluso a exponer alguna de sus obras en pequeñas galerías. Eso le cambiaría su vida. La casualidad quiso que el Capitán General de Canarias visitara una de estas exposiciones y quedó asombrado con la obra de Manrique. No solo le adquirió varias de sus acuarelas, también le consiguió una beca para estudiar en Madrid. Sin respaldo familiar alguno, César hizo las maletas rumbo a la capital. Fueron tiempos de estrecheces ya que el padre no le financió vivienda ni manutención, esperando que las dificultades económicas le harían desistir de su propósito. No fue así, puesto que “no le importaba comer lo suficiente”. En Madrid conoció a quien sería el gran amor de su vida, Pepi Gómez, una mujer separada y liberal, que introdujo a César en el círculo artístico y burgués de Madrid. Entraría en contacto con galeristas y conocería entre otros, al pintor Antonio López, a quien le uniría la amistad, pese a que tendrían visiones del arte muy diferentes.

La incial pintura indigenista de Manrique iría abandonándose de forma relativamente rápida hacia el informalismo y la abstracción, dejando atrás el rígido academicismo que poco más podía aportar.

Entró en sintonía artística con otros artistas de la época como Saura y Lucio Muñoz, pero jamás se dispuso a pertenecer a ningún grupo. La vida social, jalonada con memoradas fiestas en su casa de la calle Covarrubias le brindó numerosos contactos que le encargaron diversos trabajos, relativos a decoración y murales en hoteles, halls de edificios públicos o entidades bancarias, que le llevaron a ser conocido por un público más mayoritario.

En 1963 falleció Pepi, víctima de un cáncer, lo que supuso un importante revés para el artista. No llegaron a contraer matrimonio, pero la unión de la pareja fue intensa y no se le pasó a conocer públicamente otra pareja estable. Para sacarle de la depresión en la que se hundía, su primo Manolo, psiquiatra en Nueva York, le aconsejó un cambio de aires. Y así lo hizo. Manrique decide abandonar España para mudarse a la meca del arte mundial: Nueva York. En la ciudad de los rascacielos abriría los ojos con ansias creativas y de comerse el mundo. Conoció los movimientos efervescentes del pop art y el expresionismo americano, este último, pasó a tener impronta en su obra. No tardó en conseguir exponer regularmente en Nueva York, conciendo al magnate Rockefeller e integrándose en los círculos artísticos neoyorquinos. Reconocido abiertamente su homosexualidad.

Tras cuatro años de estancia, y como ya anteriormente narraría García Lorca en su obra “Poeta en Nueva York”, comenzó a sentir debía regresar a su isla natal. Las visitas temporales a la isla para regresar a la gran urbe, no eran suficientes. La distancia con la isla, mediando el extenso océano Atlántico, despertó la conciencia del amor y necesidad de ella en un momento en que se auspiciaba un crecimiento urbanístico desmesurado.

De vuelta a sus raices, luchó contra la idea de que Lanzarote no tenía más que “camellos, desierto y miseria”, porque “allí estaba su verdad”. Con estos ideales heroicos, y gracias a la amistad que le unía al cabildo insular, pudo comenzar su proyecto de transformación de la isla. Su entusiasmo en limpiar y reformar el medioambiente junto con su capacidad de liderazgo, derribaron el inicial descrédito de las autoridades locales. Se dirigía al pedrero, al jardinero o al arquitecto, contagiando su sensibilización por el paisaje. Les enseñó a mirar, haciéndoles sentir orgullosos de su isla frente a quienes la consideraban un castillo abandonado. Publicó “Lanzarote, arquitectura inédita”, como guía del camino a seguir en la arquitectura, indicando como deberían ser las nuevas casas de los campesinos, basadas en el colonialismo de los siglos XVI, XVII y XVIII, encajando armoniosamente tradición y modernidad. Creía en un turismo con límites, formateado por la cultura. Puso en valor la belleza de la cal blanca frente al negro de la roca volcánica, los edificios bajos, el verde de las cercas, exento de carteles publicitarios.

La intensa personalidad creadora de Manrique le hacía renunciar al encasillamiento que suponía considerarle tan solo un pintor, o un paisajista, o un escultor o un arquitecto. Quería gestionar su libertad sin límites. Abrazaba con vitalidad y entusiasmo todo cuanto hacía, como si fuera la primera y única cosa que hiciera.

Para él, el arte nos rescata de la vulgaridad, creando belleza que nos produce felicidad, Por ese motivo creó lugares maravillosos donde antes no existían. Consideraba una obligación moral el crear belleza en beneficio común, utilizando la cultura como motor de transformación social. Arte y Naturaleza, Naturaleza y Arte, como un bimonio indisoluble, que permita al hombre integrarse en ellos.

Los Jameos del Agua, su casa construida sobre burbujas volcánicas o el Mirador del Rio, son solo una muestra del trabajo de Manrique junto a la naturaleza. Consiguió declarar la zona parque natural protegido, en el que diseñó el restaurante del Diablo, con vistas apocalípticas al paisaje volcánico. Para ello, pidió que el acceso por carretera se hiciera mimetizando esta con los cauces de lava, sin quebrar la armonía del paisaje.

Su trabajo fue ampliamente reconocido, como con el Premio de ecología otorgado por Alemania en 1978 y posteriormente con la Medalla a las Bellas Artes que recibió en el Museo del Prado.

En Arrecife creó el centro cultural “El Almacén”, y continuó su obra artístico-paisajista de la mano del arquitecto Higueras, “la única persona a quien permitía fumar frente a él”.

No obstante todo lo anterior, las presiones urbanísticas de promotoras y especuladores hicieron que su inicial posición apolítica fuera dejando ver su caracter reivindicativo. Participó en manifestaciones, paró escavadoras, publicó artículos tanto en prensa local como internacional e insultó a los poderes públicos. Quería abrir los ojos a los lugareños sobre que de nada serviría matar la gallina de los huevos de oro, sería pan para hoy y hambre para mañana.

En los años 80 diseñó el centro comercial La Vaguada, en el madrileño barrio del Pilar. Con cubiertas vegetales y presencia de naturaleza, su proyecto no pudo realizarse en su totalidad, por falta de presupuesto. Con lo recaudado por este trabajo, consiguió re-abrir el centro cultural “El Almacén”, cerrado poco después de su inauguración, y que era mezcla de galería de arte, cine-club y oficina.

Fueron años difíciles para el artista, ya que afrontó una reclamación de la Hacienda Pública española de cuarenta millones de pesetas (240.000 euros). No podía entender esta pugna, ya que si bien fue remunerado por los trabajos fuera de Canarias, en las islas nunca obtuvo retribución alguna. Pese a todo, se recompuso de las dificultades y continuó su diseño de lugares en la naturaleza, como en la Gomera, El Hierro y Lanzarote.

Por aquel momento, su casa recibía tal cantidad de visitas que no disponía de la tranquilidad e intimidad para vivir y trabajar con tranquilidad. Decidió por tanto convertirla en su Museo y trasladarse a Haría, situada en medio de un extraordinario palmeral. Aunque no abandonó nunca los pinceles, esta movilidad le supuso un reencuentro más directo de la artista con la pintura. De los años 70 cabe mencionar la serie “Enterradas”, en las que pretende traspasar lo que la lava sepulta. Los años 80 son buen reflejo de la pintura más propia el artista con claro influjo de la cultura pop, divertida y desenfadada.

El 25 de septiembre de 1992, Cesar Manrique falleció en un accidente de coche tras salir de su Fundación, en plena actividad artística dentro y fuera de las islas Canarias. Decía no sentir miedo a la muerte, “por haber estado más tiempo muerto que vivo”, aunque sentía pasión por la vida.

César Manrique luchó por embellecer la isla de Lanzarote contra la especulación y el turismo de masas con clarividencia visionaria de lo que estaba por llegar. No solo pintor, sino artista total, su creatividad se extendió a otros ámbitos de la pintura, como la escultura, la arquitectura (sin disponer de título académico sobre esta materia), el paisajismo, la literatura y la decoración.

César Manrique sin Lanzarote habría sido otro César Manrique, al igual que Lanzarote habría sido otro Lanzarote sin César Manrique. 

María Gonzaga

11 de abril de 2020

Bibliografía consultada:

La obra artística de César Manrique”.Violeta Izquierdo Expósito.

Reportaje de Modesta Cruz, "César de Lanzarote y su cruzada por el arte y la naturaleza" para Radio Nacional, programa Documentos.