“Naranja, rojo y amarillo”, 1961. Mark Rothko, despojando lo anecdótico.

Óleo sobre lienzo. 236 * 206 cm.

Colección particular.

Mark Rothko (Daugavpils, Letonia, 1903 – Nueva York, Estados Unidos - 1970)

----------------------------------------------------------------------

La obra “Naranja, rojo y amarillo” prestigiosa galería de arte Christie’s afirmó tratarse de la obra más significativa del artista letón judío Mark Rothko. Fue subastada en la ciudad de Nueva York en mayo de 2012,  saldándose la puja con la vertiginosa cifra de 86,8 millones de dólares. Fue ejecutada en el cenit de la carrera artística del autor, con la ardiente gama cromática que le da título. El resultado es armónico e hipnótico, una suerte de experiencia mística que incluso llevaba al llanto al artista.

Exceptuando los grandes murales de los años 60, la producción de Rothko se presenta en enormes lienzos de entorno a los tres metros de altura. El pintor sugería contemplarlo a una distancia de 45 cm tal y como él lo veía cuando lo gestaba, permitiendo de esta forma no solo ver el cuadro sino que sumergimos en él.

El contenido de la obra de Rothko contiene una doble expresión: la cromática (expresiva) y la formal (geométrica). En cuanto al color, sintió especial predilección por el rojo y sus múltiples tonalidades, que nos recuerda al fuego y la sangre, la destrucción y la vida.  En relación al formato, suele ser el rectángulo, y dentro del mismo, se suelen hallar dos rectángulos horizontales, desiguales en cuando tamaño, siendo el superior mayor que el inferior. De forma errónea, se ha llegado a afirmar que el artista trataba de rememorar con estas formas, las fosas comunes en las que eran enterrado las víctimas del exterminio judío.

Al igual que los maestros clásicos del arte occidental, Rothko se sirve del empleo de múltiples veladuras gracias al aceite de linaza, y es a través de las veladuras como logra que los contornos de los rectángulos sean difusos, como si flotaran sobre el fondo monocromo. Prescinde de la figuración, manteniendo lo esencial: la emoción. De esta forma hace que nuestra mirada se deslice por la obra sin sobresaltos, solo apelando a los sentidos y no al intelecto, envolviéndonos en cierto misticismo. De una forma sencilla, la fuerza emocional del color nos puede transportar en medio de un calmo mar donde sentimos libertad y conexión con nosotros mismos, o nos puede recordar una ardiente pasión o una alegría vibrante y despreocupada. Según el grado de concentración y sensibilidad de cada espectador, golpeará en nuestro interior un sentimiento u otro.

En estos cuadros no hay anhelo del Paraiso o de la adivinación”, “la gente me pregunta si soy budista zen. No lo soy. Todo el problema del arte consiste en establecer valores humanos en esta civilización específica” (“Writtings, pág 143).

El pintor alteró la tradicional forma de imprimación del lienzo para conseguir este efecto mágico del color. Habitualmente, el lienzo se prepara con una imprimación de gesso/"cola de conejo". Este material se elabora con la piel, huesos y cartílagos de conejo, que son hervidos a 60ºC durante horas hasta obtener una pasta gelatinosa que una vez enfriada, se aplica al lienzo. Conviene aplicar dos capas, dejando secar entre la primera y la segunda, para que el lienzo quede perfectamente tenso. La siguiente parte del proceso consiste en aplicar una capa de fungicida que preservará de la putrefacción del material y los óleos. Rothko, tras aplicar una capa líquida de gesso, sin dejarlo secar, aplicaba inmediatamente la pintura diluida en trementina. De esta manera solidifica la cola de conejo con el color, difuminando el resto del paso del pincel. Esta vanguardista técnica tenía la contrariedad de que los colores no gozaban de gran resistencia al efecto de la luz, motivo por el cual ocurre que los rojos acaban en tonalidades azuladas si las obras no son cuidadosamente expuestas.

Hacia el final de su vida, la obra de Rothko torna hacia colores oscuros, anunciándonos el fin del camino del artista y del hombre. El negro, violeta y granate van reemplazando los iniciales rojo, amarillo y naranja.

Rothko no nombró sus obras, quería de esta forma que el espectador tuviera una relación "pura", no limitativa, con la obra, dejando al receptor la posibilidad de darle la interpretación que la obra le transmitía.

Al ser preguntado por cierta similitud geométrica con Mondrian, Rothko sentenció: “él divide el cuadro, yo pongo cosas en él” (“Writings”, pág. 78). Se trata de otro concepto que excede la práctica pictórica (de la que no está exenta). “No son cuadros”, respondió a la escritora Doré Ashton, y es que no fueron concebidos con la idea de ser colgados de un salón, sino una parte más de la realidad que tratamos de aprehender.

Y es que el artista letón judío pintaba como sentía, no en vano plantearía la siguiente pregunta: “si puedo pintar lo que veo, ¿por qué no puedo pintar lo que siento?”.

María Gonzaga

1 de noviembre de 2020

Bibliografía:

“Rothko”. Jacob Baal-Teshuva. Ed. Taschen.

“Sacrificio y creación en la pintura de Rothko”. Amador Vega Esquerra. Ed. Siruela.

https://www.nytimes.com/2012/05/10/arts/10iht-melikian10.html