"Niños en la playa", 1910. Joaquín Sorolla, sol valenciano.

Óleo sobre lienzo. 118 × 185 cm.
Museo del Prado, Madrid, España.

Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 - Cercedilla, Madrid, 1923)

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Nos encontramos ante una obra icónica del artista valenciano Joaquín Sorolla. En ella, nos plasma una sencilla escena de juegos infantiles en una playa levantina. Los niños aparecen tumbados boca abajo, y llama la atención la curiosa perspectiva de la composición, puesto que el niño en primer plano parece inclinarse, dejándolo en un nivel más bajo. El punto de vista es alto y no aparece horizonte  Con gran libertad y franqueza en la pincelada, Sorolla consigue una obra de plena belleza y naturalidad. En otra mano más inexperta, la escena pasaría totalmente inadvertida. Los cuerpos aparecen iluminado y a la vez iluminando, emanando y recibiendo luz. Esos reflejos solares también culebrean en el riele del agua, dibujando sinuosas ondas. Consigue conjugar el cromatismo cálido de piel, arena y agua con el negro ribete de las sombras producidas por los cuerpos. Propongo fijar la atención en lal plantas de los pies del primer muchacho, apenas han sido estructuradas con media docena de brochazos. De nuevo, delatan la mano certeza del artista.

Los paisajes se hacen luz en la obra de Joaquín Sorolla. El luminismo sorollesco, logra captar el sol del Mediterráneo en toda su realidad y esplendor. En numerosas ocasiones, la temática es intrascendente a los que consigue otorgar relevancia excepcional. Nos regala instantes robados al tiempo en rápida ejecución, deleitándose en la representación de figuras, telas, luces y agua con gran ligereza y fluidez.

Joaquín Sorolla nace en Valencia en 1863, madre valenciana de origen catalán y padre turolense, que sostenía la economía la familiar con el comercio tetil. Pronto llegó su única hermana, como pronto también fallecieron ambos progenitores en la epidemia de cólera que asoló la región. Los hermanos fueron criados por la tía materna. El marido de esta, enseñaría tempranamente el oficio de la forja a Joaquín. No obstante, la inclinación hacia el dibujo que presentaba el niño, hizo que su tío lo apuntara a clases nocturnas de dibujo. Dos años más tarde, daría el salto a la Escuela de Bellas Artes en Valencia abandonando completamente el oficio del hierro. Mientras continuaba la formación, trabajó como iluminador de fotografías.

Con veintidós años, consigue que tres de sus obras fueran incluidas en una exposición en Madrid. Este viaje, le permitió descubrir los tesoros del Museo del Prado, estudiando concienzudamente a grandes maestros españoles del siglo XVII. En las siguientes estancias en Madrid, copiaría numerosas obras del Prado, principalmente con particular interés en Velázquez. Con veinticuatro años, obtuvo una beca de formación en Italia, donde pudo continuar tanteando cuál habría de ser su camino. Y es que si bien conocía la purista pintura académica, otra técnica más deshecha y suelta comenzaba a captar su interés. Tres meses después de llegar a Roma, Sorolla viajará a Paris, verdadera cuna de la pintura moderna de la época. En la capital francesa, acudiría a múltiples exposiciones y haría réplicas de grandes clásicos del museo del Louvre. Pocos años más tarde fijaría su residencia en Asis, junto a su esposa Clotilde. El interno afán del joven en crear una innovación pictórica le era sesgado por la realidad del mercado del arte. Se vio obligado a ejecutar tablillas con retratos y escenas de género para subsistir.

En 1890 se instala en Madrid, donde pronto le llegaría el reconocimiento. Distintas condecoraciones nacionales e internacionales, exposiciones en Madrid, Berlín, París, Munich o Venecia le otorgan reconocimiento y prestigio. En esta nueva etapa Sorolla se inclina hacia el realismo social, a modo de crítica de la precaria vida de las clases menos favorecidas en España. Uno de los temas que aborda es la prostitución a la que se ven abocadas las muchachas que no tienen otro modo de sobrevivir. En su obra “Aún dicen que el pescado es caro” (Museo del Prado) representa con gran teatralidad una de las escenas más emocionantes de la pintura española, en la que dos pescadores atienden a su compañero inconsciente (¿o fallecido?) tras haber sufrido un accidente. Sin duda alguna, la lectura de las novelas de Blasco Ibáñez, paisano suyo, dejaron clara influencia en el pintor.

En uno de sus viajes a París, Sorolla conocería a John Singer Sargent y Anders Zörn (“bárbaros luminosos”), miembro destacado de naturalismo. El valenciano daría un importante giro a su carrera, reduciendo la gama de colores empleados, dejando fluir la pincelada y principalmente, captando la luz y el riele del agua. Pasaría a representar temáticas más banales, para que la importancia no recayera tanto en la escena como en la belleza de la propia pintura, con fuertes connotaciones sentimentales y subjetivas.

Con el nuevo siglo, el artista acusaría su interés en el tratamiento luminista, consolidando una técnica de la que se le consideraría un maestro. Vendrían nuevas exposiciones a lo largo del territorio nacional, así como en Londres, Lisboa, Buenos Aires, Venecia, Bélgica, Holanda, Berlín, Pittburg, Nueva York, Santiago de Chile, México, así como nuevas condecoraciones y nombramientos. Pero siempre regresaría para estancias temporales a su añorada playa de Cabañal (Valencia). Pasaría a desarrollar obras en gran formato, destinadas a grandes museos y pinacotecas. En su desarrollo, anula la profundidad, situando el punto de vista muy próximo y elevado, con acordes muy claros y desenfocando determinadas áreas, para reforzar otras con largas pinceladas. En la aplicación de la pintura, podemos encontrar lienzos que apenas se estructuran con suaves veladuras mientras que otras obras presentan un acabado más compacto.

La tuberculosis que contrajo una de sus hijas, le obligó a suspender sus viajes, retratándola en varias de sus telas. Una vez superada, retomó su actividad pública y fue requerido para ejecutar diversos retratos del rey Alfonso XIII y sus familiares. No obstante, el pintor decía no gustarle los retratos si no eran de exterior.

En una España afectada por la pérdida de la guerra con Estados Unidos y la pérdida de Cuba y Filipinas, Sorolla se significó como el pintor de la luz, frente a la corriente tenebrista de Ignacio Zuloaga. El sorollismo fue duramente criticado por Miguel de Unamuno y Ramón del Valle-Inclán. Ramón Pérez de Ayala, Blasco Ibánez o Azorín, contrarrestaban las anteriores críticas.

En 1911 firmaría un contrato con Huntington en París para una representación regional en paneles de España. En el desarrollo de este trabajo, durante ocho años, comenzarían a aflorar los primeros signos de su enfermedad que poco a poco, fueron minando su salud. Un ataque de hemiplejía le sorprendería pintando en el jardín de su casa, impidiéndole volver a pintar. La criticidad de su estado fue en aumento, hasta que falleció en la localidad de Cercedilla, en la sierra madrileña.

Gracias a los deseos de su mujer y posteriormente a los de sus hijos, gran parte de su obra permanece en la casa que el pintor se hizo construir en Madrid, preservando su memoria.

María Gonzaga

1 de junio  de 2019

Bibliografía consultada:

Sorolla. La era de los impresionistas”.Ed. Globus.

La luz en la pintura”. Ed. Carroggio, S.A. de Ediciones.

Grandes maestros. Sorolla”. Ed. Libsa.