"¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?". Linda Roschlin (1931 – 2017, Nueva York, Estados Unidos)

La historiadora de arte americana Linda Noschlin, animada por el creciente movimiento feminista que reivindicaba la igualdad de derechos de hombres y mujeres en Estados Unidos, elaboró en 1971 un famoso ensayo titulado “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”. La pregunta encierra una aseveración absolutamente engañosa, pensé, pero casi por provocación, decidí leer el informe. No en vano se estudia en las principales escuelas de Arte.

Debemos reconocer que es altamente probable que si preguntamos a cualquier transeúnte quién fue Pablo Picasso o Diego Velázquez, sepa indicarnos que se trataron de importantes pintores. Pero ¿y si les preguntáramos el nombre de alguna pintora conocida? Seguramente, solo los más ilustrados en Arte serían capaces de indicar alguna ¡¡ de tantas excelentes mujeres pintoras a lo largo de la Historia !! ¿Por qué entonces su obra ha quedado oscurecida por el polvo que el paso del tiempo posó sobre ellas?

Decía el filósofo, poeta y economista inglés John Stuart Mill, que los convencionalismos sociales, nos tienden a aceptar lo usual como natural, cuando en realidad no lo es. Nos advierte Linda Roschlin que lo “natural” puede ser “fatal”. Es por tanto preciso hacer una autoevaluación sobre la Historia del Arte, en un momento que diversas disciplinas, admiten la necesidad de realizar esta autocrítica. El dominio masculino blanco controló el devenir del arte, alejado de una verdadera objetividad exenta del género de su ejecutor-a. Para las artistas, no fue tarea fácil romper el bloque de hormigón construido con prejuicios y pedanterías.

Roschlin nos indica que responder a la anterior pregunta aludiendo a ilustres artistas como Angelica Kauffmann, Rosa Bonheur, Berthe Morisot, Suzanne Valadon , Kaethe Kollwitz, Barbara Hepworth, Georgia O’Keeffe, Sophie Taeuber-Arp, Helen Frankenthaler, Bridget Riley, Lee Bontecou o Louise Nevelson, puede ser un error, toda vez que refuerza la implicación negativa en la malintencionada pregunta.

En ocasiones se presupone una visión más introspectiva en las obras de mujeres pintoras que las de sus colegas masculinos. Una deducción sexista a la que añadir que ellas emplean trazos más delicados y con mayores matices, en composiciones delicadas, frágiles y preciosistas. Pero ¿acaso no son introspectivas las obras de Redon? ¿No emplea una rica paleta cromática Camille Corot? Por tanto, ¿no sería más apropiado afirmar que son cualidades propias del estilo rococó francés del s. XVIII, no tanto de género de su ejecutor-a?

Por el contrario, ¿qué tienen de frágiles los caballos de la feria de ganado parisina que representó la pintora Rosa Bonheur? ¿Son delicados los enormes lienzos de la expresionista Helen Frankenthaler? La respuesta salta a la vista.

Si se considera que la pintura de las mujeres se circunscribe a escenas de la vida cotidiana y a la maternidad, significa desconocer la obra de los pintores Jan Steen, Chardin, Renoir o Monet. Por tanto, otro prejuicio derrumbado estrepitosamente. Eso sí, no olvidemos que Renoir se refería a las mujeres pintoras como "seres ridículos".

Todo parece conducirnos a que además de maestría pictórica, para alcanzar el reconocimiento debían cumplirse otras premisas: ser blanco, de clase media y preferiblemente, nacer hombre. No cabe entender que las hormonas femeninas, nuestros ciclos menstruales u anatomía diferenciada, puedan justificar este distinto statu quo de hombres y mujeres, sino más bien, lo que han determinado nuestras instituciones y nuestra cultura, entendiendo como tal, los usos y costumbres. Aquella naturalidad “fatal” que ya comentamos, con la que el machismo ha distorsionado la Historia. No encontramos equivalente conocida a Miguel Ángel, Cézanne Matisse, ni incluso aludiendo a pintores más recientes como Wharhol o De Kooning, como tampoco existen referentes conocidos afroamericanos equivalentes a los mismos.

Roschlin indica que la cuando nos encontremos con una pregunta, indaguemos en quién y por qué la realiza. Así, a raíz de las invasiones americanas en Vietnam y Camboya, en América se hablaba del “problema en Asia”, mientras con total seguridad, los habitantes de estos países lo verían como el “problema americano”. Igualmente, al referirnos al “problema de la pobreza”, los miembros de las zonas deprimidas lo tildarían como el “problema de la riqueza”. La misma lógica inversa al “problema de la mujer”. Es poco realista admitir que espontáneamente los hombres vean la luz en el beneficio propio que les supondría aceptar la plena igualdad a las mujeres, o que descubran los límites a su capacidad de crecimiento al renunciar a ámbitos tradicionalmente “femeninos”. No cabe aludir a la “benevolencia” o “animadversión” de determinados pintores masculinos, más bien, a lo dispuesto por las instituciones artísticas en general.

El aurea mágica que se ha presupuesto a los grandes maestros conocidos debe ser también revisado. El historiador Vasari, nos contó que siendo niño ayudaba a su padre en las tareas de pastoreo. El pequeño entretenía el tiempo de reposo dibujando sobre piedras, y en esa actividad fue descubierto por el gran pintor Cimabue. El alumno, pronto superó al maestro. Misteriosamente, en circunstancias pastoriles muy similares fueron descubiertos Mantegna, Andrea del Castagno, Beccafumi, Zurbarán y el propio Goya. Sin rebaños de por medio, se cuenta que Poussin, Courbet o Monet, garabatean sus libros de texto. Según refiere Vasari, un joven Miguel Ángel dibujaba los andamios, los caballetes, los botes de pintura y pinceles, lo que llevó a exclamar a su maestro, Ghirlandaio “este muchacho sabe más que yo”. Más reciente en el tiempo, y por tanto, más constatable su veracidad, es que Pablo Picasso superó en un solo día todos los exámenes de acceso a la Universidad de Arte de Barcelona y similar en la de Madrid. Sin negar un ápice del talento del pintor malagueño, ¿acaso su padre no se involucró en una esmerada educación artística desde la más tierna infancia del pequeño? ¿Habría hecho lo mismo si hubiera sido niña?

En torno a la figura de los grandes genios existe en su mayor parte la leyenda de su sacrifigio en pro de su pasión por el arte. Cezanne renunció a su prometora carrera como abogado, Gaugen rehusó la seguridad económica de su trabajo financiero lo que le derivó en el repudio paterno, Van Gogh prosiguió pintando pese a sus ataques epilépticos, Toulouse-Lautrec sacrificó sus derechos aristocráticos para seguir en los ambientes que le servían de fuente de inspiración. Entonces, si lograron el éxito (póstumo en muchas ocasiones) las obras del enfermo Van Gogh o el desconocido pastorcillo Giotto, ¿por qué no lo logró ninguna mujer? ¿Acaso no estaban dotadas de la supuesta “pepita dorada” del genio artístico?

Si analizamos por clase social, la dedicación al arte de los niveles más aristocráticos se ha reducido al ámbito del mecenazgo, con contadas excepciones, como la de Degás, que en realidad pertenecía a una nobleza “baja” o la del anteriormente mencionado Toulousse-Lautrec. ¿Cabría decir que el genio y talento artístico, la “pepita dorada”, no se haya insertada en las clases más pudientes, como tampoco en las mujeres? Más bien resulta de peso la explicación de las funciones que se han entendido como “propias” en cada clase e incluso en cada género a lo largo de la Historia. Por otro lado, pese a la natural inclinación al dibujo desde niños, el “genio” artístico no es tanto una cualidad innata y esencial para la creación artística, como un proceso que se cultiva de forma gradual desde la infancia.

Nos encontramos con hirientes injusticias con grandes mujeres pintoras.

Ende se considera la primera pintora de la Historia, realizando ilustraciones en el manuscrito del ‘Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana’. Hildegarda de Bingen fue una monja benedictina cuyo nombre fue silenciado pese a su méritos no solo en el campo de la pintura, también en la música y la literatura como así nos lo refiere Roldán.

La obra de Sofonisba Anguissola fue alabada por Miguel Ángel, Giorgio Vasari la incluyó en una de las 133 biografías de artistas que redactó (con solo dos mujeres), Van Dyck la retrató y fue pintora en la Corte de Felipe II (uno de cuyos retratos se exhibe en el Museo del Prado, Madrid). Sin embargo, no le era permitido firmar sus obras, motivo por el cual fueron atribuidas a hombres, como por ejemplo “La dama del armiño”, debatida obra del Greco.

Lavinia Fontana es probablemente una de las mejores artistas del Renacimiento y el Barroco, trabajando para el Papa Clemente VII y para la corte española en Madrid. Dicho reconocimiento le permitió no abandonar el arte tras su matrimonio, siendo el marido quien se ocupó de los once hijos de la pareja, siendo ella quien sustentó la familia con sus pinturas. Caso diametralmente opuesto al de Judith Leyster, cuya carrera finalizó tras su enlace matrimonial. Nos regaló un autorretrato que cuelga en una de las paredes de la Galería Nacional de Arte de Washintong, en la que se muestra pintando. La sonrisa y el brillo de sus ojos, indican el placer que le producía esta actividad que le sería sesgada.

Artemisa Gentleschi gozó de consideración en la Italia del Setecientos, consiguiendo el mecenazgo de los Medici. Memorable el cuadro “Judith decapitando a Holfernes”, hoy en día en la Galería Uffizi, en la que se autoretrata como Judith, vengándose de su maestro y agresor sexual, Agostino Tassi representado como Holofernes. Sufrió un humillante juicio por violación, no exento de un vergonzoso examen ginecológico. Sin duda, la primera pintora feminista de la época.

Marie Loise Elisabeth Vigée Lebrun difícilmente se encuentra en los libros de Historia del Arte, pero sí en los de la Historia Universal. No en vano fue retratista de una serie de personajes cuyas ilustres cabezas rodarían tras el corte de la guillotina, como María Antonieta.

Más reciente en el tiempo, Suzanne Valadon, de forma prácticamente autodidáctica, pasó de ejercer de modelo de pintores, a convertirse en una meritoria pintora por el simple interés de observar detenidamente como los pintores trabajaban el lienzo. Es innegable que dispuso de mayor talento que su hijo, también pintor, pese a lo cual su reconocimiento es menor.

Berthe Morisot destacó tempranamente en el Arte, algo de lo cual advirtió su maestro a su madre: “¿Está segura de que no llegará a lamentar el día en que permitió que el arte entrara en su casa, hoy un hogar respetable y apacible? ¿Se da cuenta de que el arte puede llegar a regir el destino de sus dos hijas?”. La hermana Edna Morisot sí permitió que su talento se diluyera en coladas domésticas tras contraer matrimonio, por fortuna, no ocurrió lo mismo con Berthe. Era reconocida y respetada por sus colegas, Monet, Renoir, Sargent o su cuñado Èdouard Manet, que disfrutaban de sus argumentos en las reuniones que mantenían en casa (recordemos que estaba vetado el acceso de mujeres a los cafés parisinos). Esta cercanía a sus colegas masculinos, alimentó las malas lenguas que la tildaron de “femme fatal”.

La pintura rusa Elena Kiseleva alcanzó un éxito sin precedentes con su obra de juventud, pero tras su segundo matrimonio, el peso de la carga familiar cayó en exclusiva sobre sus hombros. Su maestro, el gran pintor Ilya Repin se lamentaba de ello: “no puede ser verdad que dejes de pintar, nunca lo hubiera imaginado, tienes demasiado talento para ello, deseo que nos hagas felices pintando nuevos trabajos”.

La pintora española Ángeles Santos, tras impactar en Madrid con su obra “Un mundo” pintado con tan solo diecisiete años, vio ante sí cómo se abría el camino del arte por méritos propios. Pero poco le duró la ilusión, ya que llegó a ser ingresada para desincentivar esta pasión. Pinto el mundo, y el mundo se la comió.

Maruja Mallo a quien el propio Dalí la calificó como “mitad ángel, mitad marisco”, no solo destacó en el ámbito pictórico, también literario, la cerámica o la decoración, con reconocimiento de coetáneos suyos como Buñuel, Lorca, Dalí o Neruda, entre otro. Pese a todo, su renombre no obtuvo el eco que ameritó, debiendo exiliarse a EEUU y Chile.

Florine Stettheimer, fue la primera pintora en desafiar la rígida moral impuesta, realizando un autoretrato desnuda. Lee Krasner fue anulada como referente en el expresionismo abstracto americano por la aureola de su marido, Jackson Pollock. La escultora Camille Claudel fue igualmente eclipsada por su pareja, Rodin.

Algunas pintoras como Frida Khalo, Georgia O’Keefe, Berthe Moristot, Sonia Delaunay  o Tamara de Lempicka han conseguido el reconocimiento con el paso del tiempo, pero siendo honestos, son más los casos en sentido contrario. Y así podríamos continuar ilustrándolo con historias como la de María Blanchard, Mary Cassat, Marie Bracquemond, Leonora Carrintong, María Izquierdo, Remedios Varo, Eva Gonzàles y tantas otras muy similares en cuanto a la visión paternalista y de predisposición a un segundo nivel que se ha dado de su obra.

Valga esta reivindicación para que reforcemos el estudio y reconocimiento que ameritan tantas y tantas mujeres pintoras, derribando la visión androcéntrica del arte. Por ellas, y por todos los amantes del Arte.

María Gonzaga

29 de marzo de 2020 

Biografía consultada:

"Why Have There Been No Great Women Artists?". Ensayo de Linsa Noschlin, 1971.

Ellas mismas. Autorretratos de pintoras”. Ángeles Caso. Ed. Libros de la letra azul.