"Tentación de San Antonio", 1984. Claudio Bravo, hiperrealismo onírico.

Óleo sobre tela.  238.8 x 168.9 cm.
Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, Chile.

Claudio Bravo (Chile, 1936 – Marruecos, 2011).
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Nos encontramos ante la Tentación de San Antonio, un tema archiconocido atribuido a la vida del santo, si bien afrontado de manera muy diferente. Mujeres de belleza idealizada con atuendos de rememoran tiempos pasados, rodean al hombre. La dama situada de pie a la izquierda de la imagen, presenta numerosos interrogantes envueltos en una atmósfera mística. Primero de todo, vemos que tiene atado un hijo rojo en un dedo del pie, lo que lo una al otro es una incógnita ya que no se enclava en el interior de la escena representada. ¿Quizá su compromiso con otro hombre? Su mano derecha, reposa en su seno, a modo de ofrecimiento al santo. La mano izquierda parece querer posarse sobre la cabeza del hombre. El color de su túnica no es casual, ya que refuerza la sensación de sensualidad. La segunda mujer no es menos inquietante, ya que parece disponerse a clavar un pincho de cocina con carne cruda sobre el hombro de santo. Ambas mujeres vendrían a representar la tentación de la carne.

La agresividad se potencia con la surrealista imagen de unas patas de pollo, sin pollo, que parecen dirigirse hacia el hombre. ¿Podría querer decirnos que se perdió la abundancia? Un camaleón sube por las rodillas del santo. Desde la época medieval el simbolismo atribuido a este animal no es excesivamente positivo, en cuanto a su cualidad de inconstancia e involución.

Un chico vestido de forma contemporánea, claramente puesta al resto de personajes, acaba el círculo de individuos que rodean al santo. Lleva pantalón vaquero, cazadora de cuero y audífonos que parecerían querer evadirle del sonido circundante. Sus pies están descalzos y cubiertos de barro, habiendo manchando el suelo de la escena. Parece indicarnos que proviene de un exterior impuro. El joven trae el cordero pascual, que al ser presionado en el cuello, parece convertirse en demonio de larga lengua.

En el extremo derecho de la composición encontramos un siniestro personaje, completamente cubierto por una chilaba del color que tanto apasionaba al pintor: el rojo colonial de las casas de Chile. Bromeaba Bravo diciendo que debían colorear la moneda oficial con dicho pigmento.

Sobrevolando a los personajes, un ángel ofrece una nueva tentación sobre la balanza que porta: billetes que pesan mucho, y dos corazones que pierden la batalla ante el vil dinero. No es más que la representación de la tentación del dinero sobre los valores.

La estancia se encuentra cerrada por la puerta que vemos a la espalda, lo que nos encierra junto a los personajes, casi haciéndonos cómplices de lo que está ocurriendo.

Procedente de una familia humilde chilena, sus padres eran agricultores, Claudio Bravo estudió en un colegio católico dirigido por jesuitas. A la edad de nueve años, se trasladó de la zona rural a la capital, Santiago de Chile. Desde la infancia destacó en su habilidad con el dibujo, hasta el punto de que con apenas diecisiete años convocó su primera exposición de pintura. Si bien acudió a clases de dibujo y pintura, se consideraba en realidad un pintor autodidacta. Atraído por distintas disciplinas artísticas, también trabajó en su primera juventud como bailarín profesional en el Teatro Nacional de Santiago. Los círculos artísticos en los que se desenvolvía, le permitieron conocer al filósofo y poeta Luis Oyarzún, quien le inspiraría profundamente.

El éxito profesional trajo de la mano recursos económicos suficientes para poder viajar a lo largo de Chile, para más adelante hacerlo al viejo continente. Atravesó el Atlántico en barco, sufriendo de tremendos vértigos durante el largo traslado. Cuenta que llegando al estrecho de Gibraltar, el mar pasó a convertirse en una calma balsa, y una corte de delfines escoltaron el paso de la embarcación. Para Bravo fue una señal de que la decisión del traslado, era un acierto. Desembarcó en Barcelona, donde pronto obtuvo como insignes clientes a destacados miembros de la clase más acaudalada. Tras un tiempo en la ciudad condal, Bravo se instaló en Madrid, donde pudo alimentarse de las enseñanzas de las obras maestras atesoradas por el Museo del Prado. Joyas del Renacimiento y el Barroco, como las de Velázquez y Zurbarán, fueron nuevas fuentes de las que beber. Desde Madrid, trabajaba para exposiciones masivas celebradas en Nueva York. Uno de los mejores críticos de dicha ciudad, publicó un artículo titulado “Bravo, bravo”. Posteriormente le tildaría de “barato y vulgar” por utilizar nomenglatura hippie. ¿Cómo puede variar tanto la crítica?, se preguntaría el artista.

Egocéntrico y narcisista, Bravo realizaría un autorretrato cual hombre de Vitruvio o Leonardo Da Vinci, a tamaño natural y completamente desnudo. EL escándalo fue mayúsculo, lo que no hizo recular a Bravo, más al contrario: encargó realizar felicitaciones navideñas con la imagen de esta obra, que enviaría, entre a otros, al dictador Francisco Franco y al futuro rey. Esa fue su despedida de Madrid, ya que trasladaría su residencia a la ciudad marroquí de Tánger, donde se sentía más libre de presiones sociales. Ofrecía otra raza, otro continente, otra lengua, un cambio total, al tiempo que en apenas hora y media de avión, se situaba en Madrid. Bravo diría que en esa ciudad desarrolló su mejor producción artística, apagando teléfono, eludiendo compromisos sociales. Estudió el mundo árabe desde punto de vista casi provocador, como el cuadro La ultima cena en la que trece personas a la mesa vestidos con chilabas y bebiendo vino, la sangre de Cristo. Cuando Bravo quiso enviarlo a exponer a Nueva York, las autoridades aduaneras marroquíes estropearon el cuadro por la afrenta de ver árabes tomando alcohol y fue amenazado de correr la misma suerte que Salman Rushdie.

Alma inquieta, y sabedor como pocos de cómo moverse en el mercado del arte, se instaló en Nueva York, donde sería contratado por la prestigiosa galería de arte AMS Marlborough. Con ello, Bravo contó con una enorme promoción internacional potenciando la cotización de sus obras.

Posteriormente, tendría residencia itinerante entre el sur de Chile y Tánger. En Chile podía pintar hasta las once de la noche con luz natural en épocas de días largos. Desarrolló el interés en pintar caballos, tanto desde el punto de vista de su crianza como para incluirlos en sus obras. Se trata de uno de los animales más representados, tal y como podemos ver en Velázquez, Rubens o Leonardo da Vinci entre otros.

Como orgulloso chileno, promovió una exposición en Chile que alcanzó records históricos de asistencia de público.

Tánger fue el final en el camino de Claudio Bravo. En esta ciudad fallecería a causa de un infarto en el año 2011.

Aunque se le suele enclavar en el género del hiperrealismo en un marco clasicista, Bravo se consideraba superrealista en tanto en cuanto a que prefería la pose del retratado durante la ejecución a copiar desde una fotografía. No obstante en su temática siempre incorporaba algún elemento nuevo, porque como él mismo se definía, “es un pintor realista de finales del siglo XX”. Ante las “acusaciones” de ejecutar obras fotográficas, respondía “¿y por qué no?, el pintor puede serlo porque aporta información, tal y como se busca en televisión y cine”. A la pregunta sobre qué aconsejaría a un joven pintor con talento, Bravo respondía: “si tiene coraje suficiente, que se dedique a ello, tomándoselo en serio, cada día se aprende algo nuevo”. Pintor concienzudo, no se decidía a dar el paso de la pincelada hasta tener pulida la composición. Tal y como indicaba Picasso, entre 5 ó 4 objetos, mejor 4, entre 4 ó 3, mejor 3. Indicaba Bravo que incluso teniendo definida una buena composición, posteriormente no funcionaba el resultado al óleo, requiriendo mover los objetos, cambiando luces, alterando fondos, … siendo las últimas etapas de producción del cuadro las que el pintor se evadía del modelo y pintaba y repintaba hasta lograr el resultado final. De forma muy inteligente, compaginaba magistralmente el hiperrealismo con un toque de surrealismo, que le diferencian de otros compañeros de oficio.

Su pasión por el realismo, no le impedía reconocer y valorar otras tendencias artísticas, llegando a ser propietario de obras de Warhol, Francis Bacon, esculturas de Rodin y Botero.

María Gonzaga

1 de febrero de 2019

Bibliografía consultada:

Documental “La pupila del alma”. Hugo Arévalo.

Claudio Bravo. Edward J. Sullivan. Ed. Rizzoli.

El simbolismo animal en la cultura medieval. María Dolores Carmen Morales Muñiz.