"Trata de blancas", 1895. Joaquín Sorolla, el pincel al servicio del realismo social.

Óleo sobre lienzo. 166,5 * 195 cm.
Museo Sorolla, Madrid, España.

Joaquín Sorolla Bastida (Valencia, España, 1863 – Cercedilla, Madrid, España, 1923).

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Cuatro mujeres jóvenes duermen hacinadas en un vagón de tercera. Cubren sus cabezas con coloridos pañuelos, visten sus mejores aunque desaliñados vestidos y se arropan con toquilla, según directrices de la época. Quedan rastros de maltrecho maquillaje sobre sus mejillas, tras el trabajo en el lupanar. Las acompaña la celestina, una anciana de mirada extraviada, que también custodia las escasas pertenencias que llevan con ellas. A través de la estrecha ventana entran los primeros rayos del alba. El pintor las encuadra en una claustrofóbica composición, reforzando el dramatismo de una realidad social oculta de la que estas desdichadas no pueden escapar. El artista hace referencia a la prostitución, bajo una mirada compasiva y respetuosa que nada gustó a la extrema derecha católica, que acusó al pintor de manchar su pincel con el hollín de los lupanares. Nos resulta inevitable el paralelismo con la obra de su homólogo, también valenciano, Antonio Fillol Granell, “La bestia humana” (1897, Museo Nacional del Prado, Madrid, España). No obstante, el tratamiento del tema es bien distinto, puesto que si bien Sorolla lo plantea veladamente, tan solo refrendado por el título de la obra, Fillol desenmascara crúdamente y sin tapujos la explotación humana y la doble moral de quienes la practican.

El escritor Vicente Blasco Ibáñez, amigo del artista, escribió a propósito de esta obra: “Trata de blancas ya no es obra de un colorista, sino de un pintor de talento que sabe pensar y sentir. Es la creación de un novelista que en vez de pluma usa pincel. Hay todo un libro en aquel vagón de tercera, miserable y sucio, iluminado por el agonizante farolillo y la cruda luz del amanecer, en el cual se amontona el rebaño de mantón y pañuelo de seda, con las caras tristes que aún conservan vestigios del colorete del lupanar, llevando sus gastados y macilentos encantos de un mercado a otro, agotándose en plena juventud y esclavizadas eternamente a la vieja alcahueta, rabadana del vicio que las contempla con mirada dura, pensando lo que podrá producirle aún este saldo de carne enferma.

Joaquín Sorolla Bastida nació a mediados del siglo XIX en Valencia, España. A la temprana edad de dos años, él y su hermana Concha quedaron huérfanos de padre y madre por la epidemia de cólera que asoló España. Fueron acogidos por su tía maternal, Isabel. El marido de esta, de profesión cerrajero, trató de encaminar al joven Joaquín a que siguiera sus pasos en el oficio, pero pronto se percataron de que el muchacho estaba llamado para la pintura. Recibió clases de arte en Valencia, y participó sin demasiado éxito de diversas exposiciones y concursos de la ciudad. Un viaje a Madrid, le descubría las joyas que alberga el Museo Nacional del Prado, particularmente las de Velázquez. Estudió con profundidad a este maestro al tiempo que continuaba sus formación de la mano de diversos pintores de la capital inspirados en el clasicismo y el Renacimiento. Viajaría a París, lo que le permitió entrar en contacto con el impresionismo, y posteriormente a Roma. En la capital italiana conocería las vanguardias europeas. Trabajos como los de Giovanni Boldini y John Singer Sargent, marcaron un impacto sobre su obra a partir de ese momento. Conoció a quien se convertiría en su esposa y madre de sus hijos, Clotide, con quien se trasladaría a Madrid tras una corta estancia en Asís, Italia.

El Madrid logró un fulgurante éxito, que lo encumbró como pintor en apenas un lustro. Desarrolló un estilo pictórico propio, denominado “luminismo”, fruto de captar, incluso de forma violenta, el impacto de la luz sobre las superficies en sus trabajos de exterior. Viajaría nuevamente a Francia y Italia, como también a Inglaterra y Estados Unidos. En relación a este ultimo, La Hispanic Society le encargó la realización de catorce murales representativos de las Regiones de España. En ello trabajó durante seis años, viajando a lo largo y ancho del territorio para empaparse de las costumbres lugareñas.

Sorolla fue el pintor de la luz y del mar, pues no en vano nació cerca de él, aunque no por ello fue ajeno plasma en sus lienzos a la dureza de la vida en los estratos sociales más humildes. Prueba de ello es la obra que comentaba al inicio de este artículo, “Trata de blancas”, pero también reseñables son otras, como “¡Aún dicen que el pescado es caro!” (1894, Museo Nacional del Prado, Madrid), con la que ganó la primera medalla en la Exposición de Bellas Artes de 1895. En ella nos muestra a un joven grumete desfallecido y herido en el pecho, a quien dos ancianos pescadores auxilian en el angosto interior de la embarcación. El potente claroscuro fuerza nuestra mirada sobre la patética escena, reivindicando la dignidad de aquellos a quienes se racanea dinero pese a la extrema dureza de sus condiciones laborales.

Sorolla también trabajó el género del retrato, muchos de ellos de sus familiares y amigos como protagonistas, pero también personalidades conocidas como los escritores Vicente Blasco Ibáñez, Antonio Machado, Ramón Pérez de Ayala y Benito Pérez Galdós, el médico Santiago Ramón y Cajal, y el rey Alfonso XIII, entre otros.

Con cincuenta y siete años sufrió una hemiplejía que le privó de sus facultades para el ejercicio de la pintura. Moriría tres años más tarde en su residencia veraniega de Cercedilla, en la sierra madrileña.

La obra del genial pintor valenciano se encuentra diseminada en los principales museos del mundo. Una buena parte de ella se exhibe en la que fue su casa familiar de Madrid, situada en la calle del General Martínez Campos, hoy convertida en Museo Sorolla.

María Gonzaga

10 de octubre de 2020

Bibliografía consultada:

La luz en la pintura”. Juan Ramón Triadó. Carroggio, S.A. de Ediciones.

Sorolla”. Begoña Torres González. Ed. Libsa.

Sorolla. La era de los impresionistas”. José María Faerna García-Bermejo, Manuel López Blázquez y Melania Rebull Trudel. Ed. Globus Comunicación.